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El inicio de un paseo nublado

El ambiente mundialista lo sigo sintiendo nublado. Muy distinto a lo que muchos imaginábamos hace algunos años cuando supimos que la Copa del Mundo regresaría a nuestro país. Para una parte importante de nosotros no ha habido un auténtico sentido de fiesta. Hay una incomodidad difícil de ignorar, una contradicción entre la emoción que genera el fútbol y la realidad que vivimos como país.

Durante estos días han surgido voces que consideran inapropiadas las manifestaciones realizadas en el contexto del Mundial. Aunque ya se disculpó, ya no en directo, sino en un comunicado, escuché a Mauricio Ymay lamentar que ciertas protestas terminaran mezclándose con la conversación futbolística. Sugirió también el uso de fuerza de dispersión como como tanquetas y agua a presión. Espero seamos más los que no compartimos esa postura. Qué mejor que aprovechar uno de los momentos de mayor atención pública para exigir respuestas. Hay manifestaciones porque las circunstancias las hacen necesarias.

Aun así, horas antes del partido inaugural, el ánimo comenzó a elevarse. Bastaba salir a la calle para encontrar personas usando la camiseta de la selección. Se les veía contentas, entusiasmadas por llegar al lugar donde verían el encuentro. No sé si iban a casa de algún amigo, de algún familiar, a una de las pantallas instaladas por los gobiernos locales o al propio Zócalo, pero había algo valioso en esa escena: la reunión. Unidos en las buenas y en las malas como país. Eso sí provoca alegría.

Llegó entonces el momento de la inauguración. Como quien pregunta por un temblor: ¿a usted dónde lo agarró? A mí en la sala, junto a mi madre y mis hermanas, quienes por cierto han visto más fútbol últimamente, especialmente durante la última liguilla de Cruz Azul. A veces se me olvida lo familiar que puede ser este deporte.

La ceremonia comenzó bien. Dimos la bienvenida en distintas lenguas de nuestro país, vimos danzantes prehispánicos y escuchamos el llamado de las conchas. La presencia de Lila Downs fue perfecta como voz anfitriona. Después, sin embargo, el espectáculo empezó a nublarse. Como si se tratara de una metáfora involuntaria, las lenguas originarias desaparecieron rápidamente y dieron paso al inglés. El mismo idioma que minutos más tarde metería en problemas a Wilton Sampaio, el árbitro brasileño encargado de dirigir el partido inaugural, al explicar una de las tres expulsiones del encuentro.

Habría que voltear a ver el último espectáculo de medio tiempo del Super Bowl protagonizado por Bad Bunny, donde el puertorriqueño habló en español, lo que ya es en ciertos contextos una postura política y cultural. En esta inauguración, si no querían entrar en esos temas que a la FIFA no le gustan si no le conviene, sólo se tenía que hacer lo mismo.

Continuemos con lo que todos vimos. Llegó Maná, a quienes yo habría reemplazado sin dudar por Caifanes o incluso por Café Tacvba. Aunque imagino a ambas bandas rechazando la invitación por sus propias convicciones políticas. Después vino una fiesta más colombiana que mexicana con Shakira y J Balvin. Y eso fue todo.

Desde casa, la inauguración se sintió austera. Tal vez porque hoy existen más razones para estar cabizbajos que para celebrar. Aunque también reconozco que vivirla dentro del estadio probablemente habría cambiado mi percepción. Quizá me habría resultado más fácil perdonar la ausencia de catrinas, lucha libre, Quetzalcóatl o incluso de esos personajes que después podrían terminar cansándonos: los ajolotes.

Y luego vino el partido. Un encuentro tan nublado como el ambiente que lo rodeaba. La victoria de México por 2-0 no dejó demasiados motivos para el entusiasmo. El Ángel de la Independencia se llenó de camisetas verdes, sí, pero no estoy seguro de que se celebrara el triunfo. Pareció más un pretexto para salir a las calles para casi tocar el área de lo que se considera vandalismo. Gracias a Dios que no hubo percances como en Francia el mes pasado durante los festejos del bicampeonato de la Champions League del
París Saint-Germain.

Sobre la cancha, la selección jugó con una cautela excesiva. Como si quisiera evitar cualquier sobresalto antes que buscar una goleada. Hubo cambios de juego, circulación de balón y posesión, pero muy poca ambición.

Espero de todo corazón que el cielo de México pronto se despeje, sobre todo en los temas importantes. En cuanto al fútbol, la solución parece más sencilla: entrenar, jugar con más decisión y ser más incisivos; problemas que pueden ajustarse a gritos del entrenador. A diferencia de los problemas del país, que no se resuelven en noventa minutos ni desaparecen durante un Mundial.

Las manifestaciones seguirán acompañando la fiesta futbolística; seguirán después de que todo esto termine. Lo preocupante será si algún día dejamos de realizarlas cuando aún existan motivos para hacerlo.

Emiliano Bravo Vazquez

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