Por Ana Celia Casaopriego
Un ciudadano abre TikTok y después de ver diez videos sobre inseguridad piensa que la violencia domina al país.
Otro entra a X y encuentra decenas de publicaciones contra un candidato. Concluye que nadie lo quiere.
Alguien más abre Instagram y encuentra contenidos sobre playas contaminadas y especies en peligro. Termina pensando que el medio ambiente es la principal preocupación de todos.
Los tres viven en el mismo país.
Los tres están viendo realidades distintas.
O, mejor dicho, la realidad según su algoritmo.
¿Te suena familiar? Durante años, quienes nos dedicamos a la comunicación hemos intentado identificar a los líderes de opinión. Periodistas, intelectuales, empresarios, políticos. Después llegaron los influencers y los creadores de contenido.
Queríamos saber quién tenía la capacidad de instalar un tema, modificar una percepción o poner una conversación sobre la mesa.
Pero mientras discutíamos quién tenía más credibilidad, seguidores o alcance, apareció un actor mucho más poderoso. Uno que no tiene rostro, no concede entrevistas y, sin embargo, interviene todos los días en algo fundamental: qué vemos y qué dejamos de ver.
El algoritmo.
Durante mucho tiempo los medios decidían qué noticias llegaban a primera plana y qué historias abrían los noticieros. Hoy esa puerta sigue existiendo, solo que buena parte de ella está automatizada.
Cuando abrimos TikTok, Instagram, Facebook, YouTube o X no vemos simplemente “lo que está pasando”, vemos una selección construida a partir de nuestros intereses, interacciones, comportamientos y de los sistemas de recomendación de cada plataforma.
Y eso modifica nuestra percepción.
Si una postura domina nuestro feed, podemos asumir que representa a la mayoría, si un tema se repite durante días, sentimos que es el asunto más importante del momento.
Pero nuestra pantalla no necesariamente es el país.
Podemos vivir en el mismo lugar, atravesar la misma elección u observar el mismo gobierno y recibir versiones completamente distintas de lo que aparentemente está sucediendo.
Ahí aparece una de las grandes trampas de la conversación digital: confundimos frecuencia con importancia.
Viralidad no significa mayoría.
Tendencia no significa consenso.
Y alcance no significa influencia.
La atención se convirtió en una de las monedas más valiosas de la conversación pública. Lo emocional, la confrontación, la polémica y la indignación tienen una enorme capacidad para detener nuestro dedo frente a una pantalla.
Y muchas veces una mentira espectacular tiene más posibilidades de circular que una verdad aburrida.
Pero sería demasiado sencillo culpar únicamente al algoritmo porque también aprende de nosotros.
Cada contenido que vemos, compartimos o comentamos es una señal. Incluso aquello que aseguramos detestar, pero seguimos consumiendo, le enseña qué queremos ver después.
Y existe otro elemento que pocas veces incorporamos a esta conversación: la pauta (inversión en publicidad digital para ampliar el alcance de un contenido y llegar a audiencias específicas).
No todo lo que aparece en nuestra pantalla llegó ahí de manera orgánica. Gobiernos, partidos, empresas, organizaciones y marcas pueden invertir para colocar mensajes frente a determinadas audiencias. La pauta no transforma el algoritmo, pero sí puede ampliar la distribución de un contenido más allá de quienes lo habrían encontrado naturalmente.
Eso también forma parte de la realidad que vemos.
Lo que nadie dice es que ya no existe una sola conversación digital. Existen múltiples versiones de la realidad construidas a partir de lo que cada uno termina viendo. Y en ese escenario, el poder ya no está solamente en quién construye el mejor mensaje, sino en quién consigue ponerlo frente a nuestros ojos.
Para quienes trabajamos en comunicación, política, gobierno o reputación, entender este cambio es indispensable.
Ya no basta con construir un buen mensaje o acumular seguidores. Hay que pensar también en distribución: qué contenido, en qué plataforma, para qué audiencia, en qué momento y con qué combinación de alcance orgánico y pagado.
Porque puedes tener el mejor discurso, la mejor propuesta o la respuesta más contundente ante una crisis, pero si no llega a las personas correctas, difícilmente formará parte de su conversación.
📌 Lo que sí podemos hacer:
- Entender que comunicar no es solamente construir mensajes; también es diseñar cómo van a circular.
- Dejar de confundir viralidad con opinión pública. Lo que domina nuestro feed no necesariamente representa a la mayoría.
- Combinar contenido orgánico y pauta con estrategia. No se trata de llegar a todos, sino de llegar a quienes necesitamos llegar.
- Incorporar una nueva pregunta a nuestro consumo de información: no solamente “¿esto es verdad?”, sino también “¿por qué estoy viendo esto?”.
Durante años aprendimos a cuestionar quién decía algo, cuál era la fuente y si la información era verdadera.
Hoy necesitamos agregar otra pregunta:
¿Qué parte de la realidad no estoy viendo?
Porque el algoritmo no necesita decirnos qué pensar. Le basta con seleccionar una parte del mundo y repetirla frente a nosotros.
Y cuando a esa selección se suman estrategia, distribución y dinero, la batalla por la atención se convierte también en una batalla por la percepción.
La batalla ya no es solamente por imponer una verdad. Es por conseguir que tu versión de la realidad aparezca primero en la pantalla.

