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Lo Que Nadie Dice

El mayor reto de las universidades no es académico. Es de comunicación. 

Ana Celia Casaopriego

Hace unos días, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) anunció una significativa disminución en el número de estudiantes inscritos. Las explicaciones no tardaron en aparecer.

Que si nacen menos jóvenes.

Que si la economía.

Que si la inteligencia artificial.

Que si las nuevas generaciones ya no quieren estudiar.

Todas pueden ser ciertas. Pero ninguna explica el verdadero cambio que estamos viviendo.

Como estratega en comunicación he aprendido que las organizaciones rara vez entran en crisis porque su producto deja de existir. Entran en crisis cuando la sociedad deja de entender por qué siguen siendo indispensables. Ese es el riesgo que hoy enfrentan muchas universidades.

Durante décadas, su competencia era muy clara: otra universidad.

Una con mejores instalaciones, mayor prestigio, mejores profesores o un plan de estudios más atractivo.

Hoy el escenario cambió por completo.

Un joven que quiere aprender programación, inteligencia artificial, marketing, idiomas o análisis de datos ya no necesariamente piensa primero en una universidad.

Piensa en ChatGPT, Coursera, Google Career Certificates, Udemy, LinkedIn Learning, Duolingo, YouTube o cualquier otra plataforma que le permita aprender desde su computadora o su teléfono.

Lo que nadie dice es que hoy las universidades creen que compiten entre ellas, pero en realidad compiten contra un ecosistema completo de conocimiento.

Y esa competencia no se gana únicamente con mejores planes de estudio.

Se gana siendo capaces de responder una pregunta mucho más profunda: ¿Quién voy a ser si estudio contigo?

En comunicación existe una diferencia enorme entre ser importante y ser percibido como indispensable. Las universidades siguen siendo importantes. El desafío es que las nuevas generaciones vuelvan a percibirlas como indispensables para construir su futuro.

El problema no es que los jóvenes hayan dejado de aprender.

Nunca habían aprendido tanto.

Lo que cambió fue el lugar donde decidieron hacerlo.

Las universidades siguen comunicando atributos: campus, laboratorios, convenios, rankings o décadas de historia. Pero las nuevas generaciones ya no eligen únicamente por atributos; eligen por significado. Quieren saber cómo cambiará su vida después de pasar por una institución, no solo qué materias cursarán.

Las nuevas generaciones buscan otra cosa. Buscan habilidades que puedan aplicar de inmediato. Buscan flexibilidad. Buscan velocidad. Buscan actualización constante. Y, sobre todo, buscan sentirse preparados para un mundo que cambia todos los días.

La competencia dejó de ser por la matrícula. Hoy es por el tiempo, la atención y la confianza de quienes quieren aprender.

📌Lo que sí podemos hacer:

  • Tranformar la comunicación universitaria, dejar de comunicar únicamente lo que enseñan y empezar a comunicar en quién convierten a sus estudiantes.
  • No vender carreras. Construir proyectos de vida.
  • No competir solo por el prestigio académico. Competir por la relevancia que tendrán sus egresados dentro de diez o veinte años.
  • Integrar la inteligencia artificial, las certificaciones y el aprendizaje continuo como parte de una propuesta educativa que combine conocimiento, pensamiento crítico, experiencia humana y comunidad.

Las universidades ya no solo compiten por alumnos, compiten por convertirse en la mejor decisión para construir un proyecto de vida. Porque al final, las universidades no están perdiendo alumnos. Están enfrentando el mayor reto de comunicación de su historia: demostrar que siguen siendo indispensables en un mundo donde el conocimiento dejó de vivir exclusivamente dentro de sus aulas.

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