Cada día, si no es domingo, cerca de las 10 de la mañana, don Pablo, acompañado casi siempre de su nieto Santiago, abre el zaguán de su casa. Cuando lo hace, deja ver un espacio con paredes naranjas, estantes con dulces, galletas, frituras y productos de limpieza; mesas con manteles a cuadros y, entre tantas cosas más, una parrilla con un pozo de aceite para freír quesadillas.
Así, sobre la misma calle donde vivo, don Pablo inaugura su jornada en el lugar donde como tacos, mínimo, una vez por semana. Desde que me mudé a esa calle hace ya dos años, nunca imaginé que fuera aficionado al fútbol, hasta hace unas semanas, cuando inició la Copa del Mundo.
Recuerdo que, por la mudanza a ese departamento, no pude ver la final de la Champions, que en ese entonces disputaban el Real Madrid y el Dortmund. Me perdí el partido, pero no los tacos de birria que ese día se hicieron en el local de don Pablo, la primera vez que probé su comida.
Desde entonces, como me dice él, soy de sus clientes.
La semana previa al inicio del Mundial de 2026 me preguntó si me gustaba el fútbol. Pero no esperó mi respuesta. Él mismo contestó: «¡Sí!». Yo, que suelo hablar poco, respondí que efectivamente sí. Entonces pensé en cómo alguien puede adivinar si a otra persona le gusta el fútbol con solo verla o, quizá, simplemente porque le compra tacos.
Luego, para que no lo escuchara ningún comensal presente, a modo de confidentes me hizo otra pregunta: «¿Has visto cómo tengo arreglado acá arriba?». Me señaló con la frente el techo. «Pásale, para que cheques. Atrás del estante están las escaleras». Con algo de pena, esquivé las mesas. A nadie le dije «provecho», porque no acostumbro, y subí las escaleras.
Arriba había una copia del piso de abajo, pero con dos pantallas y un baño. Al bajar le dije que le había quedado bastante bien, que si recientemente había terminado esa parte. «Nah, ya llevo como cuatro mundiales así». Don Pablo no solo hacía buenos tacos; también es un entusiasta del Mundial, más que del fútbol en sí, me parece.
Me invitó a mí y a todos sus clientes a ver ahí la inauguración entre México y Sudáfrica. Me aseguró comida y cerveza. Me hubiera encantado ir. Desde ese momento, cada que lo veía tenía puesta la playera de México. Su colección era amplia; también la de su nieto. Desde ese momento, la conversación era sobre la selección mexicana, su desempeño, el próximo rival o el estadio. Pláticas que, además de con mi padre, no había tenido con alguien en años. Eran breves, quizá nada distintas de las que usted ha tenido con alguien después de observar si va a llover, pero me parecía curioso lo poco que sabemos de las personas que reconocemos en lo cotidiano.
Se acaba el Mundial 2026. La final del torneo está servida: España contra Argentina. Habrá nuevos reyes durante los próximos cuatro años, lapso en el que esperamos un crecimiento de nuestra selección, que, aunque hizo un buen trabajo, su llegada a octavos de final decepcionó a personas como el señor Pablo, quien les había prometido a sus clientes regalar cervezas gratis si México llegaba a la semifinal. Que nadie vaya a acusarlo con la FIFA y esa absurda amenaza de multar a quienes aprovecharan el Mundial para promocionar sus negocios.
Dentro de unos meses tendré que mudarme otra vez. El próximo Mundial me encontrará en un contexto completamente distinto. Se terminarán las breves pláticas con mi amigo don Pablo. Pero, como escribió Anton Ego al final de Ratatouille, espero volver a su local hambriento.
Emiliano Bravo Vazquez

