Un pretexto del mundial
Algunas veces en la vida actué desde el pretexto. No como justificación, sino como una forma de condicionar mis actos a algo externo, casi siempre al azar. Mi tibieza necesitaba respaldo; una coartada para no asumir del todo lo que en el fondo ya quería hacer.
En diciembre de 2014, por ejemplo, decidí que quería pintarme el cabello de azul. No completamente, solo lo suficiente como para que se notara.
Ese mismo mes, Cruz Azul y Real Madrid, mis dos equipos favoritos, se enfrentaron en la semifinal del Mundial de Clubes 2014. Encontré el pretexto perfecto: aposté conmigo mismo que si perdía el azul, me pintaba el cabello precisamente de ese color, Incluso lo publiqué en redes sociales, como si necesitara testigos que validaran una decisión que, en realidad, ya estaba tomada desde antes.
Perdió. No cumplí.
Años después, me encuentro frente a otro impulso parecido: escribir sobre fútbol. Y otra vez aparece el pretexto. Esta vez, el Mundial.
¿Pero por qué hablar de fútbol? Un mundial implica tensiones que van mucho más allá de la cancha. Organizarlo en un país como el nuestro abre preguntas incómodas: sobre prioridades, sobre impacto ecológico, sobre el uso de recursos que podrían destinarse a verdaderas urgencias. La FIFA se ha convertido en una institución tan poderosa como cuestionable. El fútbol es cada vez menos accesible: caro en los estadios, fragmentado en plataformas, condicionado por suscripciones.
Y mientras el Mundial se acerca, siguen apareciendo las mismas notas sobre proyectos retrasados, remodelaciones apresuradas, promesas de movilidad y espacios que todavía no terminan de tomar forma. Las autoridades parecen ese adolescente que necesita un gran pretexto para decidirse a actuar, que promete, pero que deja todo para el final. El Mundial funciona entonces como un pretexto que los llevó a la acción que al menos por ahora no han cumplido.
Incluso entendiendo todo lo anterior, sigo a la expectativa de los encuentros que nos regalen grandes historias. No quiero escribir de fútbol para justificarlo. ¿Pero entonces por qué hacerlo? Es más, ¿por qué escribir? Cuando estamos en la era del video corto. Lo ideal sería grabarme, hablarle a una cámara y contar cosas de la forma más natural que existe ahora.
No tengo ninguna respuesta. Aquí estoy, esperando, escribiendo. Solo quizá el fútbol en algún momento de la vida es un pretexto para salir a jugar con los amigos, para abrir la posibilidad de emocionarnos, de alegrarnos un momento en la victoria; y en otro momento, es un pretexto simplemente para escribir de algo que nos apasiona.
Emiliano Bravo Vazquez

