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El cuarto de guerra necesita un abogado digital

Por Ana Celia Casaopriego

Durante años hemos discutido quién debe sentarse en un cuarto de guerra. El estratega. El responsable de comunicación. El equipo digital. Prensa. Monitoreo. Análisis político. Creativos. Encuestadores. Y, dependiendo de la crisis, algún especialista adicional. Pero quizá ha llegado el momento de poner una silla más en la mesa. La del abogado especializado en temas digitales.

La discusión que esta semana provocó en México la llamada “Ley Antimemes” es apenas una muestra de algo mucho más grande que está ocurriendo en la comunicación.

La “Ley Antimemes”, por cierto, no existe con ese nombre. Es la etiqueta que terminó dominando la conversación alrededor de reformas relacionadas con identidad gráfica institucional, propiedad intelectual, derechos de autor y responsabilidades en internet.
Y aunque las reformas no establecen literalmente la prohibición de hacer memes, el nombre ganó.

Porque así funciona la conversación digital: mientras los abogados necesitan páginas para explicar una reforma, internet necesita dos palabras para convertirla en tendencia.

Pero el verdadero asunto no son los memes. Es que cada vez resulta más difícil separar una decisión de comunicación de sus posibles consecuencias jurídicas.

Pensemos en algo cotidiano dentro de cualquier estrategia digital.

Una crisis estalla a las nueve de la mañana.

A las 9:10 alguien publica un meme.

A las 9:20 ya tiene miles de interacciones.

A las 9:30 una marca se suma a la conversación.

A las 9:40 el equipo político decide responder utilizando el mismo recurso.

Todo sucede en minutos.

Y entonces aparecen preguntas que antes llegaban después:

¿Podemos utilizar esa imagen?

¿Podemos modificar ese logotipo?

¿Es parodia?

¿Es sátira?

¿Es suplantación?

¿Estamos utilizando material protegido por derechos de autor?

¿Podemos publicar una captura de pantalla?

¿Podemos utilizar inteligencia artificial para recrear la voz o la imagen de alguien?

¿Quién es responsable si la información resulta falsa?

¿Y qué pasa si el contenido fue producido por un tercero, pero nosotros decidimos amplificarlo?

Hasta hace poco, muchas de esas preguntas llegaban al área jurídica después de publicada la comunicación. Hoy quizá deberían responderse antes.

Porque el meme dejó hace mucho tiempo de ser solamente un chiste. Puede destruir en horas una estrategia de posicionamiento construida durante meses, convertir una crisis corporativa en fenómeno cultural, instalar un apodo, apropiarse de un logotipo, reinterpretar una declaración y modificar la percepción pública de una persona.

En comunicación estratégica, el meme se convirtió en una unidad de discurso. Y la inteligencia artificial está llevando el problema todavía más lejos. Deepfakes, clonación de voz, imágenes sintéticas, cuentas falsas, derechos de autor, protección de datos personales, campañas de desinformación y contenidos creados artificialmente están convirtiendo el ecosistema digital en un territorio donde reputación y legalidad se cruzan todos los días.

Por eso la pregunta dentro de un cuarto de guerra ya no puede ser solamente:

¿Lo publicamos o no?

También tendremos que preguntar:

¿Podemos publicarlo?

Lo que nadie dice es que quizá estamos frente a una transformación silenciosa de los equipos de comunicación.

El abogado especializado en temas digitales ya no debería aparecer solamente cuando existe una demanda, cuando llega una notificación o cuando la crisis ya explotó. Tiene que entender cómo funcionan las redes sociales. Tiene que saber qué es un meme. Tiene que comprender la lógica de un trend. Tiene que entender inteligencia artificial, propiedad intelectual, protección de datos y reputación digital. Pero, sobre todo, tiene que comprender algo que para los abogados tradicionales puede resultar incómodo: que en internet una decisión no puede tardar tres días. A veces tiene que tomarse en tres minutos.

Y eso también representa un reto para nosotros, los comunicadores. Porque durante años los cuartos de guerra hemos administrado fundamentalmente tres variables: impacto, reputación y viralidad. Ahora tendremos que incorporar una cuarta: riesgo jurídico.

📌Lo que sí podemos hacer

  • Construir protocolos antes de llegar a la crisis. No se trata de convertir cada publicación en un dictamen jurídico ni de matar la creatividad preguntándole a un abogado si podemos hacer cada meme.
  • Definir qué podemos utilizar, qué no; cuándo una parodia puede convertirse en suplantación; cómo actuar frente a contenidos creados con inteligencia artificial; qué hacer con información filtrada; cuándo compartir una publicación de terceros y cuándo detenernos.

Porque la comunicación digital seguirá siendo rápida, irreverente y, muchas veces, incómoda. La solución no puede ser tenerle miedo. Tiene que ser entender mejor sus nuevas reglas.

Durante años dijimos que un cuarto de guerra necesitaba información en tiempo real para tomar mejores decisiones.
Hoy necesita algo más. Alguien capaz de levantar la mano, mientras todos preguntan ¿lo publicamos? y preguntar legalmente ¿podemos hacerlo?

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