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Lo Que Nadie Dice

La revocación de mandato como estrategia de poder

Por Ana Celia Casaopriego Padrón

 

La revocación de mandato en México es un derecho de los ciudadanos. Pero impulsarla en este momento no se ve como un acto democrático… sino como una jugada política.

Y eso abre una pregunta incómoda: ¿y si el “plan B” de la reforma electoral en realidad siempre fue el plan original? Porque, visto desde la estrategia, tiene lógica: Si no puedes avanzar por el Congreso, cambias el terreno. Si no logras acuerdos, modificas el encuadre. Si no controlas la decisión institucional, controlas la conversación pública. No para cambiar las reglas de fondo… sino para fortalecerte y después volver a intentarlo.

La revocación nació como una herramienta para que los ciudadanos decidieran si un gobernante se queda o se va. Pero hoy, en el contexto rumbo a 2027, empieza a operar bajo otra lógica.

Con gobiernos locales desgastados y una presidenta con alta aprobación, la revocación puede funcionar como una estrategia para mantener el poder en los estados. No es solo una consulta. Es un mecanismo de reencuadre político.

Sirve para mantener a Claudia Sheinbaum en el centro de la conversación pública y, al mismo tiempo, reforzar su vínculo con Andrés Manuel López Obrador, que sigue siendo su mayor activo político.

Aquí no todo pasa por resolver problemas. También pasa por definir de qué se habla y desde dónde se interpreta. El descontento no desaparece. Se redirige. Se contiene. Y el mensaje es potente: “el pueblo decide”.

Los datos van en esa línea. Mientras algunos gobernadores enfrentan desgaste, la presidenta mantiene altos niveles de respaldo. No necesariamente por resultados homogéneos, sino por una conexión emocional que sigue siendo dominante en la narrativa pública. El movimiento se sostiene más por su figura que por sus liderazgos locales. Y eso explica mucho.

Sin esa figura al centro —aunque sea simbólicamente— la cohesión se debilita. Por eso, la revocación no es solo un ejercicio ciudadano. También puede ser una herramienta para ordenar, alinear y sostener el proyecto político.

Lo que está en juego no es solo una consulta. Es el control del momento.

Pero hay una paradoja: Cuando un gobierno necesita preguntarle constantemente a la gente si debe seguir…
también está revelando que algo ya no se sostiene por sí solo.

Lo que nadie dice es que las revocaciones no siempre miden legitimidad; muchas veces solo aplazan el problema. Funcionan como una especie de anestesia política: alivian el momento, pero no resuelven el fondo. Y en política, la permanencia no se gana en una consulta, se gana todos los días, gobernando.
No se trata de cuestionar el derecho, sino de entender su uso. Porque cuando estos mecanismos se activan desde el poder, dejan de ser un contrapeso y empiezan a convertirse en herramientas de gestión narrativa del poder. Y ahí, la discusión deja de ser legal para volverse estratégica.

📌 Lo que sí podemos hacer
– Entender que no toda consulta fortalece la democracia.
– No confundir votos con resultados.
– Analizar el momento: no es lo mismo abrirse a la ciudadanía que intentar contener una crisis.
– Recordar que la confianza no se consulta, se construye.

Entonces, la reforma electoral no se trata solo de modificar leyes.
Se trata de narrativa, de legitimidad y de control del momento político.
Y en ese contexto, la revocación deja de ser un ejercicio ciudadano aislado.
No es una muestra de fuerza. Es una señal.
Se convierte en la herramienta que permite sostener, reorganizar y proyectar el poder.
Porque en política no solo importa lo que se cambia,
sino quién define el momento… y desde dónde se cuenta la historia.

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