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PRIMERO LOS NIÑOS

Por Alfonso Malpica Olvera
 
La difícil y necesaria responsabilidad de conciliar
 
Miles de procesos de divorcio y custodia se inician cada día en los juzgados mexicanos, y aunque en la mayoría de ellos, todas las partes sufren, lo cierto es que allí hay mujeres y hombres que en todo el país son capaces de poner a un lado sus diferencias como ex parejas para centrarse en ese papel para toda la vida, como padres y madres diligentes y protectores de sus hijos e hijas, lo cual demuestran a través de acuerdos de conciliación que posiblemente no cubran todas las expectativas de los adultos, pero sí que garantizan la felicidad de los hijos comunes.
Cuando ese entendimiento no se da, llega un punto en el proceso en que la responsabilidad de los progenitores para salvaguardar el bienestar de los hijos menores debe hacerse prevalecer por encima de los intereses personales tanto si hay conciencia de ello como si la autoridad se ve obligada a suplir estas deficiencias de carácter.
Todavía en ese momento este ámbito de lo familiar invita a esforzarse por conciliar, por usar el raciocinio y alcanzar acuerdos que minimicen los daños a los más pequeños, evitándoles situaciones que podrían ser devastadoras para su sano desarrollo y provocar traumas importantes y la impronta de que el mundo y las personas (cómo sus padres y madres, narcisistas e irresponsables) son un riesgo insoslayable.
Y es que siendo precisamente estos hombres y mujeres referentes masculinos y femeninos de relación, si se pone en los pies de un niño, eso es un matrimonio, eso pasa ante un divorcio y ellos no son, no serán nunca suficiente para que otros hagan prevalecer su bienestar por encima del dinero o la venganza, porque se vuelven un estorbo, a lo mucho una moneda de cambio, un botín en tanto no cumplen la mayoría de edad.
De allí también acaba siendo partícipe la autoridad, y estos pequeños terminan sabiendo mas de Derecho que los abogados que mantienen sus padres y madres, presenciando situaciones atroces y siendo víctimas de manipulaciones nocivas.
Si lo que se discute en una separación es la custodia de los niños y las niñas para su mayor bienestar que, se supone, que cada uno de sus padres le quiere proporcionar, cómo entender que se pierda este objetivo y sólo quede la única intención de dañar a la expareja, aunque para ello haya que dañar también a los niños y niñas de manera casi irreversible.
Lamentablemente, en los juzgados de familia no es extraño ver este tipo de situaciones, en las que los hijos, finalmente, son utilizados como arma arrojadiza de un progenitor contra el otro, sin importar las consecuencias.
Es en ese momento cuando debe aflorar la responsabilidad de un buen padre y detener la deriva dañina de la otra parte por el bien de los hijos comunes, aunque para ello se tenga que llegar a situaciones completamente inverosímiles como incluso llegar a pagar las fianzas judiciales para evitar la aprehensión de quien ha cometido delitos cometidos contra uno.
La buena voluntad de un padre no se promete, se lleva a cabo así se deteriore hasta el extremo, aunque a priori parezca que esas acciones vayan contra sus intereses. Y eso es así porque el único interés que importa a ese padre es el bienestar de sus hijos.
Tristemente, cuando eso no pasa y son intereses ajenos a los niños los que prevalecen para una de las partes, es necesario que el otro adulto ejerza la buena paternidad por los dos, por que los niños siempre son primero.
 

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