Valeria y Óscar

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La imagen se incrusta en la boca del estómago como un golpe seco y te parte en dos. La mano inerte de una pequeña abrazando el cuello de su padre y los cuerpos boca abajo de los dos en las aguas del Río Bravo recuerdan la tragedia de Aylan Kurdi el niño sirio encontrado en las arenas de una playa en Turquía hace más de tres años.

Sólo que esta vez no es un nombre ajeno, un mar distante ó una migración y exilio que no entendemos ó nos queda lejos.

Y como en aquella ocasión no faltan los imbéciles, los que esgrimen la salida fácil y la excusa sencilla, la explicación más conveniente para que su sueño no se vea alterado ni perturbado.

¿Cómo se les ocurre meter a una niña tan pequeña al río? ¿En que estaba pensando el padre… sacrificar a su hija por unos cuantos dólares más?
¿Y porqué no buscan en su país y hacen algo para mejorar sin tener que joder la vida de los demás?

Si son salvadoreños seguro son maras y pues mejor un criminal muerto que tenerlo de vecino.
¿ Y la madre porqué permitió esto? … lo que hace la gente solo para venir a morirse de hambre en otro país .
¿Si ni leer ó escribir saben como se les ocurre que sabían nadar?

Y así hasta el infinito buscando exculpar cualquier responsabilidad y negando a conveniencia el menor atisbo de conciencia.

¿En dónde nos perdimos como humanidad?

¿En qué agujero profundo de nuestro egoísmo pusimos la empatía y la solidaridad?

Mi padre es nicaragüense y a los veinte años dejó el pueblo natal de trazos de tierra, una sola calle adoquinada, paredes blancas y tejas de barro, para con los pesos que mi abuela y abuelo fueron capaces de juntar durante muchos años, estudiar odontología en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Sí, soy hijo de inmigrante.

Al bisabuelo de mis hijos por el lado materno lo embarcaron hacia México como grumete, huyendo de las carencias y la amenaza fascista que se cernía sobre España, donde sobrevivió los primeros años de su llegada trabajando como mozo y durmiendo en la trastienda de un comercio que unos parientes habían logrado poner en los alrededores de Tacuba en la Ciudad de México.

Sí, la sangre de mis hijos al menos en un veinticinco por ciento, cruza el atlántico y encuentra sus raíces en algún pueblo español del norte.

Cada semana, en la esquina del super en donde por fortuna puedo hacer las compras, me encuentro con Alexis, un venezolano que tuvo que salir sin otra cosa más que el poder de sus dos manos e invariablemente me quedo al menos cinco minutos con él platicando de cómo va la vida y de cómo no pierde la esperanza de volver a trabajar como consultor inmobiliario.

Mientras esto sucede, fabrica con su esposa paquetes de cinco arepas, deliciosas, que vende y que le han permitido salir adelante en un país ajeno al que llegó como último recurso.

Las arepas que desayunamos cada semana tienen un sabor muy particular.
Huelen a frijoles y queso pero saben distinto, en el fondo uno puede sentir el sabor y gozo profundo de la solidaridad.

Estas tres breves historias que pueden resultar tan distantes en tiempo y espacio tienen, sin embrago, un factor común, la búsqueda irrefrenable de un mejor destino, lo que quizá los padres fundadores de los Estados Unidos definieron de una mejor manera, el derecho inalienable de cada ser humano a la búsqueda de la felicidad.

En las noches que siguieron a que vi la foto , escudriñé la historia y pude imaginar la discusión en alguna casa humilde de cualquier barrio perdido de la capital salvadoreña entre Oscar y su esposa sobre si debían buscar un mejor futuro para ellos y sus hijos.

Los vi apretando los dientes y aguantando humillaciones de los polleros que les sacaron hasta el último quinto para ponerlos en la frontera sur de México y los rostros esperanzados cuando lograron internarse en territorio mexicano de manera legal.

Pude verlos en esa madrugada frente al caudal crecido del río Bravo sabiendo que el destino estaba a unos pocos metros. Vi como en el rostro de Oscar se alcanzaba a dibujar una sonrisa mientras imaginaba a la pequeña Valeria en un jardín de niños, en un parque, corriendo feliz y segura, ya no en calles lodosas y sucias y sin la temible amenaza de las maras del barrio que reclutan niñas como Valeria para vender favores sexuales a depravados y así acabar con su infancia.

Seguro estoy que ese fue el último pensamiento de Oscar antes de cerrar los ojos y zambullirse en la corriente del río. Sentir la pequeña mano de Valeria aferrada a él lo empujó algunos metros más pero no los suficientes.

El anhelo de un mejor futuro para su hija no le alcanzó, rebasó sus fuerzas y los pulmones se le llenaron de agua que no era cristalina ni pura. De agua en forma de corriente mortal que le cobró con la vida el sueño de una vida mejor.

Un río que le dijo, ahogándolos, que esa parte de la felicidad no le correspondía ni a él ni a su pequeña hija.

Que la felicidad, como cada uno quiera entenderla, no es para todos ni está al alcance de cualquiera.

Podemos desde nuestro egoísmo y miopía juzgar los actos y las decisiones de Oscar.

Al fin y al cabo no son nuestros muertos.

Podemos desde nuestra más precaria comodidad ó desde una zona lujosa de confort emitir sentencias y comentar la tragedia de Valeria y Oscar y quizá hasta quedarnos un rato en silencio y obligar a una reflexión para luego levantarnos de la mesa y pretender que esas muertes no nos corresponden.

Pero no.

De algún modo, de alguna manera, esas dos vidas y las miles más que durante años se han perdido en el desierto, que han sido arrolladas por las ruedas de un tren, que han muerto asfixiadas en tráileres de la muerte sin ventilación alguna y a más de cuarenta grados, que han sido arrastradas por las corrientes insensibles de los ríos, nos tocan aunque sea apenas con un leve roce en algún punto de nuestra conciencia, lo queramos ó no.

Los años de voltear la cara. El eterno desdén a los que son diferentes a nosotros.

El desprecio por la miseria y la mugre que traen los que tienen menos que nosotros.

Nuestra intolerancia, nuestra ignorancia son la materia prima de la que se nutren nuestros miedos y temores más profundos.

Evadir siempre será más fácil y decir que no es nuestro problema será siempre la solución sencilla para esquivar la mirada y no ver el rostro sucio de la miseria, la desesperación del que migra.

Y así como no podemos evadir y quitarnos esas imágenes de muerte y terror, el gobierno de México tampoco puede esconder la cara y ampararse en un patético …” lo lamento mucho “… del señor López.

Haber abierto la frontera de manera indiscriminada, prometiendo lo que no tenemos capacidad de dar y brindar falsas esperanzas de empleo y una vida mejor a los cientos de miles de migrantes que buscan cruzar nuestra frontera sur no sólo fue y es irresponsable , sino criminal.

Prometer 30 mil empleos a migrantes en un tren maya que no tiene principio ni fin , ni pies ni cabeza, es jugar de forma cruel con la esperanza.

Regalar 30 millones de dólares al gobierno de El Salvador quién sabe para qué, ejerciendo recortes brutales a programas que dependen de esos recursos sólo para que el nuevo presidente salvadoreño pierda toda dignidad y mesura y afirme que tenemos un presidente de lujo es un acto de soberbia y egocentrismo que nada tiene que ver con solucionar los problemas de raíz y sí mucho de querer erigirse no sólo en el mesías tropical que desgobierna México y que no conforme con eso ansía esparcir su aura ridícula por toda Centroamérica.

Total, la dignidad de un presidente como bien lo evidenció el arrastrado Bukele, vale algo menos que esos treinta millones.

En noviembre de 2018 nuestra austera secretaría de gobernación, sí, esa que no sabe por donde entran los migrantes tuvo la desfachatez de afirmar que México bien podía darse el lujo de proporcionar empleo a más de un millón de migrantes del triángulo del norte de Centroamérica, otorgar visas e incluso ayuda económica.

La realidad, la certera realidad evidenció muy pronto la ineptitud y la estupidez de la señora secretaria que sin duda debe estar ansiando regresar a su modesto departamento en San Antonio, Texas.

Nadie en los círculos cercanos y lejanos de Obrador pensó en un momento en las consecuencias de disparar mentiras y promesas fatuas de asilo, visas y dinero gratis.

El pueblo bueno e idiota, como siempre sin pensar, aplaudió y aceptó sin chistar las ocurrencias y promesas de empleo para nacionales y migrantes.

Nadie en la soberbia y mareos del poder tuvo dos dedos de frente para prever que una crisis humanitaria se vendría como sombra devoradora sobre todo el territorio nacional
Y al final, sometidos por la presión del otro imbécil del norte y su amenaza de aranceles tuvimos que aceptar la humillación y volvernos ahora sí, el patio trasero de los Estados Unidos.

Por pendejos y por prometer imposibles nos convertimos en el muro que tanto anhelaba Trump.
La república se convirtió en un amasijo de tabiques y cemento resguardada por miles de elementos de una Guardia Nacional que en vez de cuidar a los nacionales emprende cacerías feroces contra los migrantes.

La política exterior, quedó claro, se dicta desde el 1600 de la avenida Pennsylvania en Washington.
Las promesas del millón de empleos, las visas, la ayuda económica, la dignidad de una República y la oportunidad de plantarle cara a un tirano se ahogaron también en los ríos Suchiate y Usumacinta.

López y Trump no pueden importarme menos y cada día se van haciendo más pequeños y evidenciando de a poco, el alma miserable que los rige.

Ninguno tuvo un gesto de decencia para con Valeria y Oscar.

Bukele a lo único que atinó fue a tomar prestados algunos dólares de los treinta millones que le regaló López y así hacerse cargo de repatriar los cadáveres de el padre y su hija.

Oportunista.

Trump es un patán.

A López lo desprecio con el alma por miserable.

Son viles, mentirosos y ridículos.

Perversos.

No merecen estar en este escrito que intenta decirles a Valeria y Oscar que acepten mi impotencia por no haber podido hacer algo más a mi alcance, porque hubiera deseado con el corazón y alma de padre, que Valeria hubiera podido correr libre, sin hambre y sin miedo en algún otro lugar del planeta.

Sin embargo apelo a ti, querido lector para creer que no todo está perdido y que no todo queda en manos de los idiotas y payasos que nos gobiernan.

Apelo a que la foto trágica que da pié a esta columna te haga pensar y actuar antes de volver a emitir un juicio lapidario ó voltear la cara con desdén.

Que en tu búsqueda legítima de la felicidad no olvides nunca que alguien siempre, en algún rincón del planeta está dispuesto a cruzar ríos , mares y desiertos para darle a sus hijos un mejor futuro.

Y que a la esperanza de ese mejor porvenir no la mata, no la ahogan los ríos, sino nuestra indiferencia.