Son 43 jóvenes, señor…

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Son 43 jóvenes…

“cuando los recuperemos señor, usted va a ser grande. Queremos a nuestros hijos, queremos abrazarlos. Una oportunidad más señor…”


La súplica grave de María Martínez, madre de Miguel Ángel Hernández Martínez, uno de los 43, se estrelló en los rostros serios de los altos funcionarios del nuevo gobierno de México.


López Obrador en su primer día hábil después de su entronización, en el primer acto de gobierno firma su decreto número uno creando la Comisión de la Verdad para los jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa.


Es de agradecer la empatía que trajo el simbolismo de este acto, pero nuestro presidente en turno, elevado ya en los altares de la patria y creyéndose con una estatura moral superior a la de cualquier mexicano,  iluminado, lo llamó incluso un desvergonzado Muñoz Ledo, no resistió la tentación de seguir en esa nube de copal e incienso y en un acto en el que las palabras tenían que haber sido cuidadosas al extremo exhibió sus fobias y puso el resentimiento entre las miradas de esperanza que lo escuchaban atentos:

“La verdad es revolucionaria, es cristiana. La mentira es reaccionaria, es del demonio…”

dijo con la mirada encendida y un tono de voz admonitorio.

No, presidente, esta vez ante esta situación tan grave y trágica la verdad no admite adjetivos. Después de 50 meses, la triste y dolorosa realidad es una.


Esa noche la única verdad es que estos muchachos fueron sometidos por un grupo criminal en colusión con policías municipales; fueron brutalmente asesinados y al menos 19 de ellos incinerados en el basurero local y sus restos esparcidos en el Río San Juan.

El epílogo sangriento en el que desembocó la desaparición de los 43 de Ayotzinapa tiene su prólogo años antes en el bloqueo por parte de normalistas de la Autopista del Sol y en aquella balacera en diciembre de 2011 en Chilpancingo que le costó la vida a dos estudiantes y a un empleado de gasolinera, Gonzalo Rivas Cámara que al percatarse de que los normalistas le habían prendido fuego a una bomba en la estación de gasolina corrió a cerrar los ductos de distribución evitando así una tragedia de mayores proporciones.

Años más tarde y a propuesta de Luis González deAlba, Gonzalo recibió la
medalla Belisario Domínguez por su heroísmo y hubo quién, con un cinismo indefendible cuestionó y deslegitimó ese acto de valor inédito de un mexicano para salvar a otros mexicanos.


Los bloqueos y las protestas sucedieron por luchas de poder dentro de la normal rural de Ayotzinapa y fuera de ella: organizaciones sindicales, la universidad de Guerrero, el gobierno estatal, partidos políticos y disputas entre los poderes establecidos y los revolucionarios alzados que buscaban establecerse en el poder.

Ese 12 de diciembre, se movilizaron para protestar contra el gobierno estatal por no responder a un pliego petitorio y los estudiantes de la normal salieron en día de asueto, llegaron en autobuses al bloqueo de la autopista complicando al gobierno de Guerrero y causando los hechos en los que murieron los dos estudiantes y el empleado.

La normal rural Isidro Burgos siempre ha sido objeto de deseo de líderes estudiantiles y dirigencias de organizaciones que, a cambio de ofrecer relativa tranquilidad y materia prima en forma de estudiantes, reciben generosos subsidios y prestaciones, viajes al extranjero y apoyos para las luchas campesinas y revolucionarias en el estado.

Semillero de luchadores sociales y de otros no tanto, la Normal es controlada por organizaciones sociales que instan a los alumnos a secuestrar autobuses para asistir a protestas, bloqueos y manifestarse cuando algo contraviene sus aspiraciones políticas, que no pedagógicas.

Alguien organizó y llevó a los normalistas esa mañana del doce de diciembre de 2011.

Y sin duda, alguien llevó a los estudiantes desaparecidos, alumnos del primer año, a Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014.


¿Quiénes y por qué?

Esa pregunta, clave para poder entender la tragedia, fue formulada sin respuesta por algunos padres de la Escuela Normal de Ayotzinapa en febrero de 2015 ante la CNDH.

Sólo ha existido el silencio y con él un desprecio a la agonía de cada padre.


Es un silencio cómplice que bloquea la tan buscada y manoseada verdad y que se empeña en sabotear la investigación al no poder dar un primer paso con certeza.

Así el testimonio:

  • Por lo menos desde el 20 de noviembre de 2014, los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa externaron un reclamo al que le dio voz pública, uno de ellos, Don Epifanio Álvarez Carbajal: “ Pienso ya en pedir cuentas a los líderes estudiantiles por haber llevado a mi hijo a realizar acciones fuera de la escuela. -Guillermo Sheridan/Paseos por la calle de la amargura/Debate p.p. 514 El reclamo de Don Epifanio.

Y en esta cadena de errores, manipulaciones y ocultamiento de la verdad que se han repetido por años desde aquella noche se insiste en la insidia del crimen de estado y se sigue dejando de lado el error grave de no haber hecho responsable desde un inicio al gobernador Aguirre y al presidente municipal José Luis Abarca y su esposa María de los Angeles Pineda hermana de los líderes del grupo criminal Guerreros Unidos y una de sus cabezas principales.

Lo escribe Jorge Fernández Menéndez en su libro”La noche de Iguala”: Los jóvenes de Ayotzinapa fueron secuestrados por policías municipales, entregados por éstos a sicarios del cártel Guerreros Unidos. Fueron asesinados y la mayoría de ellos (entre 17 y 19 seguramente)incinerados en el basurero de Cocula.

Las cenizas arrojadas al Río San Juan. Los narcotraficantes pensaban que los jóvenes eran parte de un ataque del cártel de Los Rojos contra su plaza.


Las autoridades de Iguala, Cocula y otros municipios estaban coludidas con el narcotráfico. La gran mayoría de los jóvenes asesinados, de primer ingreso,fueron sacrificados sin siquiera saber por qué perdían la vida.


Las versiones de que el responsable del crimen fue “el Estado” no tienen fundamento alguno.


Las razones esgrimidas para responsabilizar a los grupos criminales que controlan el comercio de la heroína en la entidad y que se disputan el territorio no son sólo verosímiles, sino verídicas.

Los asesinos materiales e intelectuales han reconocido su crimen, la forma y las circunstancias en que se cometió.


Alegar que fue “el estado” el responsable de esos crímenes injustificables es una forma de asumirse como cómplice de los criminales,otorgar una coartada para quedar impunes y alejar, cada día más, la posibilidad de hacer justicia.


Una justicia que esos jóvenes sacrificados por el crimen merecen y que no se les puede negar .

A estas madres con el alma rota, a los padres que van con la mirada perdida y el corazón extraviado buscando respuestas, a las familias que llevan la zozobra cotidiana de la incertidumbre, que viven con el dolor al sentarse a la mesa y ver una silla vacía y que se van a la cama con los ojos cansados de tanto llanto y que sacando fuerzas de donde ya no hay,apenas alcanzan a murmurar una oración apagada con labios apenas entreabiertos,ya no se les puede seguir engañando con adjetivos y promesas que no se cumplirán. Ya tuvieron suficiente.


El gobierno anterior con un desdén absoluto y funcionarios insensibles concluyó una verdad histórica que sembró más dudas que respuestas y permitió que los rapaces de siempre se apoderaran del dolor y lucraran con la muerte.


Este gobierno sabe, por más decretos que se expidan y comisiones que se
formen, que los muchachos están muertos.

Y para alguien como yo que escribe siendo padre y con el corazón, quizá sea éste el párrafo más terrible que me ha tocado escribir en mucho tiempo.

Un padre intuye siempre y lucha con todo para encontrar señales, se aferra a cualquier atisbo de esperanza y aún en plena negación de lo evidente encuentra fuerzas y responde a cualquier cosa que pueda resultar en la oportunidad de abrazar a un hijo de nuevo. Pero esa es su decisión. Única y personalísima.


Cuando se trata de hablar de vida o muerte de nuestros jóvenes, las palabras no pueden ser una consigna ni un arrebato, no pueden expresarse sin el cuidado y el decoro necesarios. Un gobierno no puede jugar con la esperanza de una madre,ni prometer lo imposible. Eso es peligroso e irresponsable.

Un gobierno debe hacer justicia no adjetivar tragedias. Debe decir la verdad y permitir que con ella, estos jóvenes puedan descansar en paz y dejar entonces que esas madres , esos padres arrasados de dolor e impotencia se permitan un duelo digno y abrazando a los suyos puedan de
alguna manera , abrazar como lo suplicó Doña María, a los que ya no están.