María y los cuatro guajes

410
Plumas Invitadas Todo Personal Gerardo Mercado María y los cuatro guajes El Tecolote MX

María tiene nueve años. Es una pequeña indígena tzotzil.

Vende guajes de todas las formas y tamaños en el mercado abierto de San Juan Chamula, en el estado sureño de Chiapas, de las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde sábados, domingos y los días en que se necesite.

Cuando es un buen día, en el estómago lleva un par de tacos de frijoles con chipilín y pozol.

Mientras espera con la paciencia infinita a que los guajes se vendan y ese dinero sirva para comprar un poco más de leña, calentar la noche y poner algo en la mesa el día de mañana, cuida a su pequeña hermana de apenas 3 años y de vez en vez cierra los ojos para darse un ligero descanso e imaginarse corriendo libre de obligaciones y responsabilidades, en una infancia que no ha conocido respiro ni sosiego.

Acaso alguna libertad.

En una niñez que solo existe en una mirada y en una sonrisa que logró arrancarle cuando le compro cuatro guajes que no necesitó pero que gritan a toda voz la urgencia que pueden significar esos 100 pesos.

Cruzo con ella algunas palabras y miradas. Nos arrancamos sonrisas mutuas, agarro los guajes, ella toma el billete y lo enrolla guardándolo discretamente en una bolsa, no sin antes mirar hacia un lado y hacia el otro sabiendo y entendiendo perfectamente la responsabilidad que tiene y el alivio que pueden comprar los ingresos del día.

Me regala otra sonrisa y es entonces cuando su mirada se clava poderosamente en la mía que vuelvo a entender todo.

La mirada fija y sostenida, llena de dignidad se me clava bajo la piel y me penetra por cada poro.

Entro en razón, no es María la que me observa.

Es México quién me devuelve la mirada.

Y en los ojos de María la patria se me estrella.

Me sacude con violencia y me grita que ya basta de seguir con las afrentas y las valentonadas de bravucón de cantina, que ya basta de dividir y romper lo poco que aún nos unía.

Me planta la cara y me hace ver que no necesita más redenciones ni ocurrencias y que doce años son más que suficientes.

Que no existe ese invento ridículo y populista llamado pueblo bueno y que los malos no siempre estamos del otro lado.

Que en ese mismo centro , en esa misma plazoleta de San Juan Chamula en el corazón del universo indígena, coinciden todos los Méxicos posibles.

El  México que todavía tiene una mirada de esperanza y el que es derrotado día a día sin escrúpulo alguno por líderes indígenas, sindicalistas de muy poca madre , gobernadores hartos de llenarse las manos y los bolsillos, diputados y senadores que sólo sirven para levantar dedos y por mesías grandilocuentes que creen que la Patria empezó apenas un día después de que el hartazgo y la fe ciega de la gente  le entregara sus últimas esperanzas a un discurso  y una propuesta ancladas en las épocas, esas sí, más oscuras del país.

En ese universo reducido de una plaza de mercado, los puestos de mandarinas que la inundan se confunden en el naranja del atardecer y los miles de colores de los textiles chiapanecos se mezclan de una forma tan caótica que milagrosamente parecen tener un orden perfecto.

Al cruzar el atrio, con el alboroto del mercado abierto ya dejado atrás uno va caminando paso a paso , lento , como si el andar despacio quisiera ser muestra de respeto a un mundo que no es nuestro y sin embargo nos pertenece.

La fachada blanca de la iglesia con los portales en verde y decorados con motivos originales indígenas multicolores se erige como el único centro de religiosidad en la zona.

Al traspasar la puerta apenas abierta de la iglesia de San Juan Bautista el México que María me clavó en los ojos se vuelve, si eso fuera posible , aún más real:

El sincretismo que domina el ambiente enrarecido por el humo de los cientos de velas y las ofrendas de copal es absoluto.

El piso lleno de ramas de pino  en donde familias enteras confían al curandero los porvenires y la desaparición de las enfermedades, contrasta con el techo oscuro y ahumado de madera.

Es en esta convivencia del México evangelizador del siglo XVI con las creencias religiosas prehispánicas que la diversidad se vuelve real entre los tragos de Pox, el rezo en tzotzil y los espejos que los santos poseen en sus nichos para que uno pueda verse sin artificios ni mentiras.

Sobrecoge el alma poder sentir la convivencia de dos cosas tan distantes entre sí y que sin embargo acaban tocándose las manos en ese algo inasible que hemos dado en llamar esperanza.

Y esa no ha estado, se han encargado de desaparecerla sistemáticamente los gobiernos infames que han vapuleado una y otra vez, cada una con más descaro, los afanes diarios de personas como María.

Les han dicho de mil maneras y hechos posibles que la esperanza no les pertenece y que gobierne quién gobierne , más tarde o mas temprano como lo escribiera Eduardo Galeano , seguirán siendo los nadies:

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Les han dicho que ahora sí irán de primeros mientras un tren arrasa con lo único tangible que les queda, mientras se suceden recortes criminales a programas sociales  y productivos, cuyo único pecado es haber sido concebidos en otro régimen.

Y  esa esperanza, lo siento, tampoco está en las promesas imposibles de una cuarta transformación que no se podría ver en ningún espejo de la Iglesia de San Juan Chamula porque las confesiones ahí  se llevan de manera personal y con profunda autoreflexión y porque los chamulas tienen las convicción de no mentirse a sí mismos.

Esa fé no está en apropiarse de rituales ancestrales y volverlos circos groseros, populistas y ridículos fingiendo pedir permiso a una madre tierra a la que tienen sometida y en la mira, para saciar el capricho en turno y pretender dormir tranquilos.

Tampoco existe en la insistencia grosera de dinamitar todo:

proyectos de aeropuertos, ductos, empleados de confianza, agencias de atracción de inversión, desdén hacia organizaciones civiles, ausencia  en funerales de estado y presencia en asunciones de dictadores, imposición de impresentables en puestos de cultura y de ineptos en paraestatales clave, desabasto  mentiroso de gasolina, reediciones de una cartilla moral de los años cuarenta y la visión de un México echeverrista en el horizonte.

Y con una certeza que abruma no está en la irresponsable, peligrosa militarización que en complicidad con diputados y senadores sin memoria nos quieren imponer olvidando como se hizo este país, cuantas vidas y cuanta sangre fue derramada y el riesgo demostrado de lo que sucede cuando se pone el control absoluto de la seguridad en manos y mandos militares sin contrapeso de ninguna índole. Pero ese es el México que se está gestando…

Al salir de la Iglesia y cruzar de nuevo la plaza, me detengo en un puesto de mandarinas, escojo una de las torres naranjas, pago lo que me piden, abro una, la comparto y en el aroma y sabor de uno de sus gajos entiendo que mi patria es esto y sabe a esto y a tascalate y a elote con limón y chile, a tamales de chipilín y atole de guayaba, a huanzontles de mole y tlacoyos de haba con nopales , a mole de olla .

Y sé que se viste siempre de colores y que cada trago que le das al mezcal te sabe a México y que la herencia cultural que llevamos es tan maravillosa como contradictoria y que así debemos, tenemos que reconocernos.

Miro a María de reojo y  la veo bien envuelta en su rebozo rosa , saca su mano al frío que ya amenaza, la agita un par de veces y me dice adiós.

Agarro al viento su gesto y su mirada, le devuelvo el adiós agradeciendo en silencio que sus ojos lograran reflejar la parte más perfecta y pura de mi patria.

Me voy con la certeza de que a María no le puede importar menos si soy de derecha o de izquierda, si escribo de ella o no, si las colas para cargar gasolina son interminables o si el señor director de Pemex es un perfecto inepto, si el cínico que gobernó su estado torció la constitución estatal para seguir viviendo groseramente del presupuesto, si la polarización, el encono y el resentimiento son el pan nuestro de cada conferencia mañanera o si alguno de los que le ha hipotecado el futuro sabe que ella y miles como ella, existen.

Ella regresará al día siguiente, con los guajes a cuestas, alguna sonrisa en el alma y ojalá que con el estómago satisfecho a seguir poniendo la esperanza y su futuro en las jícaras y cuencos.

 A mí, algo me dice, con un dolor que me estruja el alma, que tal vez seríamos un poco menos egoístas, un poco menos intolerantes y estaríamos de seguro menos divididos si todos tuviéramos la oportunidad de reflejarnos, aunque sea por un breve instante en los ojos del otro.

Si nos diéramos la oportunidad de comprar cuatro guajes y mirarnos en los ojos de las miles de Marías, en vez de seguir prometiendo imposibles y desgastando con un odio irracional el ánimo nacional.