Cegados por la militancia

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Plumas Invitadas Ricardo Hernández El Paso del Chapulín El Tecolote Diario

He visto a las mentes más brillantes de mi generación destruidas por la militancia.

En realidad, he visto a mentes brillantes de muchas generaciones desorbitadas por la imperiosa necesidad de justificar todos y cada uno de los actos de su líder, así sea a costa de su congruencia.

Los partidos políticos son parte fundamental de un sistema democrático y, por lo tanto, contar con una militancia sólida, activa y participativa resulta indispensable para promover los valores, principios y programas del partido y, junto a ellos, a sus figuras y representantes.

Pero dentro de los grandes movimientos de masas ha habido siempre voces críticas que, lejos de dañar, fortalecen un espíritu democrático y plural. Es mucho más valioso contar con expresiones que, desde el interior, señalan errores y promueven renovaciones de conductas, que una mayoría de aduladores y replicadores sin introspección.

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Ser parte de una corriente crítica no significa romper ni implica tener que hacer del dominio público todas las expresiones de inconformidad. Como parte de un sistema democrático, en los partidos deberían existir canales y modelos que permitan la sana interacción de distintos puntos de vista: asambleas, consejos, congresos, contacto directo con la base, mecanismos en los que se alcance un balance que nutra y fortalezca a la organización.

Normalmente el rompimiento viene después de una serie de desacuerdos sistemáticos, de hechos de relevancia mayor o discrepancias irreparables, no ante cualquier diferencia. De no ser así, no habría existido movimiento o partido alguno que sobreviviera más de una elección o una decisión compleja en el ejercicio de gobierno.

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Sin embargo, la corriente moralina nos ha hecho creer que la menor inconformidad debe ser siempre pública o terminar con un rompimiento, y dibuja un tablero de negros y blancos, sin matices. De esa manera, mientras se exige que la más mínima diferencia sea externalizada “por congruencia”, el puritanismo político orilla a la militancia a creer que no hay espacio para el disenso y, por consecuencia, ha llevado a muchos a la muy incómoda  posición de tener que defender lo indefendible para no quedar fuera.

Los defensores oficiosos del gobierno en turno deberían darse la oportunidad de reservarse las posturas serviles y entender que se puede ser parte del proyecto sin arriesgar la dignidad. Habría que recordarles que no es necesario ni vale la pena. Ser militante de un movimiento no se trata de eso.

El paso del chapulín.

La última encuesta de El Universal, publicada el 26 de agosto, parece mostrar que los videoescándalos donde Pío López Obrador aparece recibiendo “aportaciones del pueblo” no le hicieron ni cosquillas al presidente. Su aprobación sigue intacta por encima del 53%.

¿Qué tan resistente será su armadura de incorruptible? Habrá que esperar algunos meses para saber. Por lo pronto, es la primera salpicada que lo mancha directamente. No es cosa menor.

(*) Politólogo y consultor político. Socio de El Instituto, Comunicación Estratégica. Desde hace 10 años ha asesorado a gobiernos, partidos y candidatos en América Latina.

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