El Paso del Chapulín 14.09.2020

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Plumas Invitadas Ricardo Hernández El Paso del Chapulín El Tecolote Diario

Debe ser una delicia gobernar cuando se tiene la mayoría en ambas cámaras federales, en los congresos locales, cuando llegaste al poder con la votación más alta en la historia, con una legitimidad incuestionable y con un partido hecho por tí y para tí. Sin jefes ni impedimentos para hacer prácticamente lo que te dé la gana. 

Además, los números de AMLO son envidiables para cualquier mandatario: mantiene una buena aprobación (mayor al 50% en todas las encuestas, y en algunas superior al 60%) y ha demostrado que tiene un blindaje que aguanta el más alto calibre, lo que le permite salir poco o nada manchado de cualquier escándalo, incluido el de su propio hermano recibiendo dinero no registrado al INE para las campañas.  Por si fuera poco, parece que el Covid-19 llegó en el momento perfecto para justificar la falta de resultados en varias de sus políticas públicas, como la seguridad y, por supuesto, la salud y la economía.

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Bien decía hace unos meses que la pandemia les cayó como anillo al dedo.

Pero los que no gozan de esas garantías son los gobiernos locales. A varios de los gobernadores y alcaldes de Morena sí les pega la falta de resultados y se les está apretando la cuerda que ellos mismos se pusieron en el cuello hace tres años, cuando les pareció fácil prometer que iban a cambiarlo todo de la noche a la mañana.

Mientras tanto, en el partido oficialista están ocupados dándose codazos entre ellos para ver quién apaña la dirigencia y espacios relevantes en la estructura. Con más de 100 aspirantes registrados para ocupar los primeros espacios de dirección, en Morena están dejando al descubierto lo que tanto se advirtió: el partido es una persona y una persona es el partido.

El problema para todos ellos es que López Obrador no le está transfiriendo su aprobación a la marca-partido, y el partido no le está aportando atributos positivos a los posibles candidatos y candidatas del próximo año.

Si AMLO quiere tres años más con la mayoría en los congresos, necesita estar en la boleta y volver a generar el llamado “efecto López Obrador” que tantos distritos, municipios y gubernaturas le dio en 2018.

Por eso había propuesto realizar un plebiscito el mismo día de la elección, “para que el pueblo decidiera si quiere que continúe al frente del gobierno”. Qué mejor pretexto para tenerlo otra vez en la boleta y hacer que la elección se trate de él y no de las agendas legislativas y locales.

Pero en vista de que esa idea se echó para atrás (hasta ahora) le surgió una nueva idea para participar de manera indirecta en la elección: el juicio a los expresidentes.

Es evidente que como figura jurídica no tiene ningún sentido someter al escrutinio de la gente si un político debe ser juzgado o no. En un Estado de derecho, como el que dice gobernar, se tendría que investigar y juzgar cualquier acto de corrupción o uso indebido de poder, independientemente de lo que diga la gente. 

Con la consulta para enjuiciar a los expresidentes –disfrazada de ejercicio de participación ciudadana—lo que busca es instalar sus términos del debate en la elección: seguir hablando del pasado para no empezar a hablar del presente y del futuro, ese panorama que no le pinta nada bien.

Lo que le conviene al oficialismo es que la elección del 2021 no se trate de lo que necesitamos hoy y mañana, sino de lo que nos lastimó ayer; no quieren que se trate de quién queremos que nos gobierne y represente en los próximos 3 o 6 años, sino cómo queremos tratar a los que nos gobernaron antes.

Su línea es clara y la estrategia está trazada: López Obrador sabe bien que necesita intervenir en la boleta y parece que no va a quitar el dedo del renglón.

Ya veremos.

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