La nación literaria

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Homoseriocomic: Soy José Daniel Arias Torres, estudiante de Relaciones Internacionales y escritor de tiempo libre, a veces absurdista y otras existencialista. Creo que el ser humano es un ser tragicómico, de ahí el nombre de esta columna que documentará el actuar de la especie frente a una realidad que lo abruma y a la que solo se le puede enfrentar con lágrimas o con risas.

Hace algunos días leí una interesante nota, esta hablaba sobre la trayectoria del escritor Milan Kundera en el territorio de la literatura, nada extraño cuando un periódico aborda la vida de un escritor, sin embargo, lo realmente importante extrañamente no era lo que se refería a sus libros, sino a su situación política y es que Milan Kundera, Checoslovaco de nacimiento, fue mutilado de su nacionalidad hace cuarenta años y tan solo el pasado 3 de diciembre el gobierno Checo le ofreció una disculpa y le devolvió una nacionalidad, o un rezago de ella, que no es sino el solo recuerdo y nostalgia de una patria que ya ha dejado de existir tras la división de República Checa y de Eslovaquia.

Milán Kundera se confesó como un apátrida, desterrado y sin una atadura a ninguna patria en particular, no es para menos cuando su propio país le dio la espalda, y es en este punto que se puede arrojar una pregunta ¿Es posible sentirse deslindado de todo? La respuesta podría ser abordada desde diferentes opiniones, sin embargo, una realidad es que el ser humano está condenado a ser un ser social y esto se deja entrever de forma melancólica en una confesión que el escritor realizó, y es que este solo se siente ligado a la “herencia de Cervantes”.

Tomo este pasaje kunderiano como punto de partida, pues, así como Milan Kundera fue un desterrado y un apátrida obligado a vivir en un territorio que no era el propio y a tener que apreciar una tierra desde la lejanía, percibir su tiempo y su espacio a la distancia y solo poder volver a pisarla en los recuerdos, muchos otros artistas, concretamente escritores, han tenido que sufrir los despojos de tierra que su gobierno hace en contra de ellos, arrancándolos u obligándolos a arrancarse de sus raíces para ser trasplantados en otra parte, destinados a que una parte de ellos se marchite en el recuerdo, este fue el destino de grandes escritores como Oscar Wilde o Mario Benedetti, sin mencionar la coerción simbólica que obligó a muchos otros a tener que huir o marcharse de sus países de origen en búsqueda de algo más en otro lugar, ya fuese una búsqueda política, humanitaria, artística o existencial (Tal es el caso de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Bretol Brecht).

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Sin tener como tema principal a las razones que llevan a un escritor a refugiarse en tierras desconocidas en las que al llegar pasan de ser “ciudadanos de” a “forasteros en”, lo único que mencionaré es que los escritores cuentan con la resistencia escrita al discurso dominante y sí el discurso dominante es monopolizado por un gobierno totalitario o autoritario, es natural que este último emprenda una campaña en contra de toda libertad de expresión que no comulgue con los nuevos códigos establecidos, es debido a ellos que los escritores (sin ser los únicos) son perseguidos con tanta dureza, pues sí la dominación comienza por la palabra también por la palabra termina.

El exilio de un escritor también puede ser simbólico, a pesar de no ser desterrados, el escritor puede sentirse ajeno a toda identidad nacional, o a pesar de no salir del país, el escritor puede ser perseguido al interior por las ideas expresadas en su literatura.

Sí bien, a un escritor se le puede despojar de la tierra en que nació y puede pasar de haber vivido en una playa tropical a un lugar de crudo invierno perpetuo, o quizá un escritor pueda renegar de su patria , la realidad es que existe una identidad, patria y nación que lo ata a algo mayor que él mismo, esa es la literatura, y es que sí la territorialidad de un Estado nace de un imaginario colectivo (casi una histeria colectiva), en esa lógica de constructos sociales e históricos, es natural decir que la literatura puede ser vista como una identidad que va más allá de una territorialidad física, así como una persona camina por el mundo presentándose al otro como mexicano, argentina, francesa, ruso, sudafricano o japonesa y responda a fronteras artificial y discursivamente construidas, uno también podría caminar por el mundo y decir “Hola, me llamo Steve y soy escritor” y “Mucho gusto, soy Isabel y soy escritora” sin mayores complicaciones de nacionalidad que una genuina pasión y arte que los une como miembros de una comunidad repartida en todo el mundo.

La nación literaria carece de Estado y el Estado carece de nación literaria, he ahí la gran tragedia del escritor, un ente solitario que solo va a cafés y a talleres literarios a compartir un poco de su soledad, sabiendo que su nación es inexistente e imposible y aun así luchan por ella, por una patria polvorienta, en cada verso y línea que escriben, y es que la literatura, al contrario de las demás artes, se hace en soledad, para la soledad en búsqueda de la soledad, es un arte silencioso y poco atractivo para el ojo, que requiere de mayor esfuerzo por parte de espectador, un escritor apátrida no es más que un escritor y un escritor con patria, no es más que un escritor, pues para serlo, para dedicarse a las letras y pulirlas como artesano, se tiene que renunciar a todo título que antecede el adjetivo “escritor”, o sí acaso mandarlos a la cola.

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La nación y patria literaria es quizá la más anárquica de las naciones y patrias, pues carece de Estado, carece de gobierno, carece de fronteras, carece de policías, de militares, de salarios, de trabajos, de dictadores, son solo seres que se dedican a las letras y letras que se dedican a seres y que para hacerlo, trágicamente necesitan de una nación y una patria que los albergue dentro de sí para poder escribir, necesitan de un idioma originado de la fractura de Babel y que los delata como miembros de una nación reconocida en el imaginario colectivo. La nación literaria es una utopía, una tierra prometida, una ilusión y horizonte inalcanzable de los que constantemente se alimenta el escritor y eso es lo que hace del escritor una figura trágica, con alas para volar hacía la ilusión, pero atado y condenado a la realidad, siempre impulsado para formar a la Gran Literatura, a fundar a la liga Panliteraria, pero impedidos por su propia naturaleza solitaria, apenas camuflada por los grandes que les dieron rostro a todos los escritores, pero que ni aún frente a cámaras, micrófonos, auditorios o fiestas enteras, dejaron de ser eso, escritores siempre apátridas, siempre solitarios, soñadores de la gran nación literaria que no es otra sino el mundo entero, es debido a esto que al luchar por la libertad de sus países, luchaban por una patria literaria inventada por ellos y para ellos.