Cleo nos salvó

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En 1991,  Alfonso Cuarón nos regaló “Sólo con tu pareja”.

Después de una década en donde el cine mexicano parecía nutrirse sólo de ficheras y cabarets, donde películas como “Rojo Amanecer” eran la excepción y no la regla, ver la ópera prima de Cuarón era como lluvia de mayo.

Uno veía divertido a Giménez Cacho sufrir la venganza pensada de una de sus conquistas y se identificaba con las problemáticas, costumbres y relaciones de la clase media. Por si eso fuera poco, uno salía del cine totalmente enamorado de Claudia Ramírez.

La bocanada de aire fresco que recibí me hizo comprar el libro con el guion original y aún lo conservo. Era, sin duda, la manera más tangible que tenía yo de tocar la mano de Claudia, a través de las letras. La película se convirtió antes de terminar en una de mis favoritas y recuerdo haber salido del cine y tener la certeza, aún sin hechos, de que Alfonso me iba a sorprender de nuevo.

27 años después, Roma me arrasó.

Sus dos horas y minutos tuvieron tal impacto que me movió muchos años más en la piel y en la memoria. Sucumbí de lleno ante el potente blanco y negro de las emociones y el detalle cuidado de cada escena. Después de verla uno entiende que una película así no podía ser filmada con el artificio natural del color.

Nunca antes, la frase de Octavio Paz:

“La realidad es más real en blanco y negro” ha resultado más cierta. Los grises dominan la película y uno no puede evitar situarse, con la distancia prudente de tiempo y espacio, en aquellos retratos de familia de la cinematografía mexicana de los cincuentas y los planos fijos y paisajes bucólicos de la cámara de Gabriel Figueroa.

Cuarón regresa a lo íntimo.

Vuelve a casa y pone la vida de una familia que puede ser una familia de tantas con sucesos y circunstancias que hacen que la dinámica cambie igual que lo hacen las baldosas al inicio de la película al ser bañadas con agua y jabón ofreciéndonos al lavarlas, imágenes efímeras del cielo.

Los simbolismos son fortísimos.

Los detalles inundan cada centímetro de la pantalla. El diseño de producción es impecable. Las señales de esa época cobran vida y nos remiten a un tiempo en que sin duda todo era más fácil aunque no forzosamente más sencillo: el carrito de camotes, el afilador, las bandas de guerra de las escuelas militarizadas y los objetos, imágenes y sonido de aquellos años nos hacen cerrar los ojos y salir de nueva cuenta a la calle.

Es volver a reír con los chistes del loco Valdés, Alejandro Suárez y Héctor Lechuga en Ensalada de Locos, acordarnos del sonido de un disco de 33 revoluciones y la clandestinidad de hojear revistas para adultos en los puestos de periódicos.

Ver el choco-milk en el centro de la escena, la scalextric en el piso de la sala y los cómics de periquita o Tom y Gerry  justo al lado de los platos en la mesa; los globeros y vendedores de juguetes a la salida del cine, saber que había gansitos fríos en el refri son recuerdos que derriban toda resistencia a evitar sumergirse en la nostalgia.

Los autos de época, el atrio del Cine Las Américas, el Hospital del Seguro Social, la casa de la colonia Roma con los espacios bien definidos son el andamio en donde se sostiene la historia y están perfectamente anclados o al menos así quiero recordarlo.

Cuarón lo entiende y uno queda atrapado desde el inicio. Entendió que el contexto era imprescindible para luego ir diseccionando y mostrando cada arruga, cada emoción, cada gesto de los personajes.

Si la arquitectura, el mobiliario y los objetos son el universo, el sol de la película es Cleo.

Yalitza Aparicio nos conmueve.

Lo que logra al convertirse en Cleo es verdaderamente un retrato. Desarrolla esa invisibilidad presente que siempre acompaña, que siempre está pero no se siente de las trabajadoras de casa que muchos de nosotros tuvimos y que en mayor o menor medida marcaron nuestra vida.

Las que sabían el punto exacto de las quesadillas con queso Oaxaca, las del tecito para el dolor de panza y las de las camisas siempre blancas. Aquellas que reían a carcajadas con nuestros pequeños logros y eran cómplices de aventuras. Las que al menos en mi caso, fueron parte de la familia y cuyo dolores y alegrías hicimos nuestras.

Ese primer plano de Cleo en su habitación después de sufrir la pérdida de una hija no buscada nos deja sin palabras. La belleza indígena en carbón  y sanguina de un cuadro de Zuñiga. El claroscuro que enmarca esa mirada fija en el infinito nos arrebata y es tal su fuerza que nos hace bajar la nuestra en un gesto de dolor solidario y silencioso.

Los diálogos en mixteco, son espejo de la pluralidad y diversidad de nuestro país y también tristemente del clasismo y discriminación que siguen existiendo a flor de piel en una sociedad actual terriblemente polarizada, intolerante y que se niega a ponerse en el lugar del otro .

El 71 fue marcado por el halconazo y la represión sostenida que siguió después del 68.

La referencia implícita de las calles llenas de mugre, lodo y casuchas en condición deplorable enmarcadas con las letras en cal blanca puestas en un cerro con las siglas de Luis Echeverría Álvarez son una metáfora brutal de una época de avasallamiento gubernamental a través del PRI.

Escuchar en esas calles polvorientas el discurso de algún dirigente partidista y ver en segundo plano cómo sale disparado el hombre cohete para caer en una red es una muestra brillante del pan y circo de aquellos años en que el arriba y adelante, el símbolo del echeverrismo, nos llevó más abajo y más atrás que nunca.

27 años después, la adoración y el desmedido culto a la personalidad pareciera que se mantienen intactos. La figura patriarcal del señor que todo lo puede resulta vigente en una coincidencia exacta sin que Cuarón se lo haya propuesto, el redentor, el idealizado y el que a final de cuentas te decepciona y engaña.

Fermín, el halcón disfrazado que no solo niega la paternidad sino que amenaza a Cleo y le prohíbe volver a buscarlo es el macho que sólo aparece para lastimar y herir. En el caso del esposo de Sofía, el que se inventa responsabilidades para ausentarse de ellas llevándose a traspiés los afectos de los hijos.

Enoja y agrede pero al sobrevivir, reivindica el rol de la mujer mexicana, de cualquier condición en una sociedad marcadamente patriarcal y es contundente con una frase lapidaria de Sofía a Cleo… “acuérdate de que estamos solas y estaremos siempre solas”.

Las mujeres se reconstruyen, pese a todo.

Pese a todos.

La escena de la azotea en donde las cabezas de Cleo y el hijo más pequeño chocan acostadas y entablan un diálogo sencillo en el que ella le dice, recostada y en paz,  que le gusta estar muerta plena de vida es maravillosa. Habla de que siempre hay momentos fáciles y simples. De que quizá, de algún modo, esa infancia que a mí me tocó en ese 1971 era mucho más sencilla. Hablaba de caminar las calles sin prisa y encontrando razones para caminarlas. De los viajes en el coche familiar y en el asiento trasero sin necesidad de cinturones de seguridad.

De correr en la playa y jugar con el granizo.

De sentarse a la mesa y platicar los planes y proyectos, los enojos y tristezas .

De ver alguna tontera en la tele. Juntos.

La escena al regreso de la playa en donde hay planos fijos a ambos lados del Galaxie y se ve la mirada de uno de los niños sin mayor distracción que ver el paisaje y del otro lado Cleo mirando otro horizonte y pensando otro futuro para luego recibir la confesión cariñosa de una de las hijas hablan de un tiempo de reflexión y recogimiento para el que ahora, parece, ya no hay tiempo .

En la última imagen de la película, con Cleo subiendo la escalera de metal anclada a la pared rumbo a la azotea a lavar y secar al sol la ropa es un plano que cualquier cineasta del realismo italiano o francés envidiaría y para fortuna nuestra, sucede en un muro encalado a la mexicana, con una escalera que se aferra al futuro con manos y dientes y cargando la esencia de una mujer común.

Con todos sus sueños y anhelos.

Con sus decepciones y fortalezas.

Con una dignidad que salva cualquier alma.

Ese plano fijo con la escalera y sus sombras es poderoso.

Escala el cielo.

La nostalgia fue brutal cuando terminé de ver la película. Tuve que regresar varias veces a admirar y regocijarme de nuevo con los detalles y pequeños momentos.

Se me volvió a enchinar la piel al reconocerme en algunas escenas y espacios.

Amé mi ciudad de nueva cuenta.

La recorrí con la confianza y la emoción de antes.

Como en la última secuencia, en el preparativo para despedir el Galaxie paterno me vi haciendo las maletas y pronunciando exactamente la frase de uno de los hijos de Sofía: “Las playas de Veracruz no son bonitas” y olvidando esa convicción de niño me descubrí asomado en la ventana del coche, emocionado por el mar y gritando ¡Playa, playa!

El abrazo final de los seis luego de que Cleo sin saber nadar, arriesgando su vida y olvidándose de ella rescata a Sofía y Paco y exhaustos se recuperan en la arena mientras la madre y el hijo llegan a esa unión es de una fuerza visual significativa.

El abrazo cura.

Es entonces que Cleo, devastada, con las emociones en la piel al fin rompe el silencio, expresa el dolor y se confiesa con una familia que al menos en ese momento, es la suya. Grita que no quería tener a la hija que nació muerta y se libera. La sal del mar logra cicatrizar  la herida y el “te queremos mucho Cleo” lleva en cada letra un gracias sincero por cada prenda lavada,  por cada paseo acompañado, por cada taza de café preparada, cada cama tendida y por cada día en que la vida de todos es un poco mejor gracias a ella.

No sé si Cuarón finalmente logre otro Oscar o más reconocimientos. Espero que sí.

Sé que Yalitza y su dignidad seguirán estando mucho más arriba que todos aquellos imbéciles que la denotan por su fisonomía y color de piel.

Y también sé de cierto que Roma en su blanco y negro, con sus decenas de matices en gris, con una historia simple y un marco excepcional hizo un espacio y se metió, a fuerza de imágenes precisas y preciosas, a fuerza de nostalgia, en ese lugar reservado entre la memoria y el corazón donde uno guarda las cosas entrañables.