¿Cuál es el límite?

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Cody Greyson.

8 años de edad.

Recibió una ráfaga de balas que le dejaron el rostro desfigurado y le destrozaron la mandíbula.

Sangraba profusamente y el dolor del impacto de las balas en su cara lo marcarán de por vida.

Después de la masacre se escondió por más de seis horas entre los pocos arbustos del desierto junto a sus hermanos y primos esperando por ayuda.

Davin Blake.

13 años de edad.

Como pudo, logró sacar a cinco de sus hermanos de la ráfaga de metralla y los escondió debajo de un árbol y con lo que tuvo a las manos los cubrió y les pidió que se estuvieran muy calladitos y sin moverse para que nadie los fuera a encontrar y terminara de rematarlos.

Luego de dejarlos, caminó algo más de 30 kilómetros durante seis horas en busca de ayuda.

La hermana de Davin, Kyle, de 14 años herida de bala en un pié se quedó al cuidado de los hermanos.

Las horas pasaban y no había signo alguno de que la ayuda llegaría.

Instruyó a su hermana Mackenzie de 9 años, quien era la que tenía apenas un roce de bala en el brazo, que saliera a buscar más ayuda.

La chica, aturdida y lastimada, obedeció a su hermana.

Se perdió en la inmensidad del desierto.

Más tarde la pudieron localizar luego de tomar un camino equivocado y lo primero que hizo Mackenzie no fue desvanecerse y llorar, suplicaba que regresaran a buscar a sus hermanos.

Localizados tiempo después del infierno que duró de las 11 de la mañana hasta pasadas las 7 de la noche los hermanos se recuperan en un hospital de Arizona.

Cody sobrevivió a una cirugía extenuante. El rostro le quedará desfigurado y habrá que tomar tiempo para poder reconstruir el rostro.

Xander de 4 años se recupera de un balazo en la espalda y Brixton, el más pequeño de 9 meses también muestra avances positivos de recuperación del balazo que recibió en el pecho .

Ellos fueron los afortunados.

Rhonita María Miller de 30 años, Howard de 12 años y Krystal de 7 años junto a los mellizos de ocho meses no sobrevivieron a las balas.

Christina Marie Langford Johnson de 31 años y Dawna Ray Langford de 43 , madre de Cody, tampoco pudieron escapar de la masacre al igual que los hijos de Dawna, Trevor y Rogan de 11 y 3 años.

Uno de los vehículos fue quemado y los cuerpos de las víctimas aparecieron calcinados entre los escombros.

No .

No es un guión salvaje de Tarantino.

O una secuela de la Reina del Sur.

O un narcocorrido de El Komander o los Narcos de Tijuana.

Tampoco el documental en donde Kate del Castillo, sí, la actriz idiota que demanda al estado mexicano por 60 millones de dólares porque “dañaron su honor al relacionarla con el Chapo Guzmán “, y en donde se muestra fascinada y subyugada ante la personalidad del capo.

No .

Esto que se relata es la vida real.

El infierno.

Sucede en caminos apenas asfaltados entre las fronteras de los estados de Chihuahua y Sonora en el norte de México .

Sucede un lunes a pleno día en el año 2019.

Sucede contra mujeres y niños indefensos.

La tragedia, con el llanto inconsolable de los familiares y la terrible sepultura de cadáveres apenas reconocidos tenía que haber terminado ahí.

Con el justo reposo de los muertos.

Pero no.

Como si no bastara, olvidando que entre los muertos existieron seis niños absoluta y totalmente inocentes, la desmesura, las acciones, las declaraciones, la estupidez volvieron a rafaguear y a quemar de nuevo, esta vez con mucha más saña, a las víctimas.

No me voy a detener en algo que no conozco y que millones de mexicanos más ignoramos. No puedo escribir sobre el carácter del norte, los conflictos territoriales por el agua y la tierra en aquellas latitudes ó los negocios de la familia Lebarón.

O la pax narca que se dice existía desde hace mucho tiempo atrás y los frágiles equilibrios que la sostenían apenas con alfileres resistiendo contra los vientos de violencia del norte bronco de la Patria.

Tratar de hacerlo sería tratar inútilmente de entender el significado de esta barbarie y justificar el asesinato cruel de unos por las acciones de otros.

El contexto es importante siempre pero no puede existir contexto alguno cuando se le mete una ráfaga de balazos a unos mellizos de seis meses.

Y sin embargo, hay quienes apuestan por esta perversa insistencia.

Pilar Sicilia, directora hasta hoy de la revista Algarabía escribió en su cuenta de twiteer:

“les tocaba un destino peor que la muerte…esos gueyes eran delincuentes malditos, abusadores y que no me da ni tantita tristeza que los hayan matado…”

Después, la reconocida lingüista, quizá al ver la desmesura infame de sus palabras y la consecuencia que podría ocasionar en las ventas de su revista rectificó en otro twitt ofreciendo una disculpa pero sin dejar de mencionar cosas de cultos perversos, asesinatos y supuestos testimonios de jóvenes que pertenecieron a la familia, calificando con un prejuicio aún mayor de secta a quienes profesan la religión mormona.

Y siguiendo el infame ejemplo de Pilar, miles más se sumaron a la hoguera de la vergüenza defendiendo las políticas del gobierno en materia de seguridad y afirmando de forma miserable que la muerte era el único destino posible de los niños y sus madres por quien sabe qué razones.

El Secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, sin recuperarse aún de las flagrantes mentiras proferidas con relación al Culiacanazo, afirma, en un ejercicio absoluto de ineptitud y sin el menor sentido común que la tragedia se debió a un fuego cruzado entre los cárteles que se disputan la región.

¿En serio señor Secretario, tres camionetas que se encontraban entre ellas a distancias de 6 y 15 kilómetros fueron confundidas y quedaron a merced del fuego cruzado?

¿Entiende usted de radios de acción ,de caminos en el desierto?

¿Entiende usted la saña de perseguir niños por el monte y de no conformes con haber baleado las camionetas, prenderles fuego y dejar vehículos y cadáveres calcinados?

¿No sería necesario señor Secretario un poquito de madre y autoreflexión antes de seguir en ese juego que tan bien conoce y domina de soberbia, arrogancia e ineptitud?

Dos días después de la tragedia, con el país de rodillas, con los titulares de periódicos y agencias de noticias del mundo entero pasando las imágenes devastadoras de la masacre, con condenas más allá de las fronteras y una rabia e impotencia nacional a flor de piel, a nuestro presidente, al señor López le parece que lo correcto, lo exacto, lo puntual es recibir a un pelotero mexicano de Grandes Ligas que juega para el equipo de sus amores , enfundarse una chamarra beisbolera, platicar de su deporte favorito y posar feliz para la foto.

Ni insinuación de asistir a los funerales de los niños asesinados.

Sin pudor, sin recato, sin guardar un duelo obligado cree de forma perversa que una fotografía y reunión con un beisbolista destacado hará la sombra necesaria para que la tragedia se oculte y pase a segunda plano.

Nada de obligar a la secretaria de Gobernación a estar presente en Sonora, nada de exigir a su Secretario de Seguridad que se apersone para dar el pésame y externar al menos una promesa, como tantas más, de que se hará justicia.

Con orgullo que raya en la soberbia desdeña cualquier ofrecimiento de ayuda.

En vez de plantarle cara al gobierno de Trump y exigir un mayor control de armas y combatir el consumo desmedido de drogas de la sociedad norteamericana, no hay respuesta enérgica, tan sólo un no gracias, podemos, ¿podemos? solos.

Y con esa arrogancia que tanto lastima, con esa suficiencia de saberse omnipotente y omnipresente respalda de forma grosera una “estrategia” de seguridad que a clara vista, con datos y otros datos ha sido un rotundo fracaso con más de 30 mil muertos en 11 meses.

Atreverse a una afirmación tal después de la imagen de una mamila y una silla de bebé salpicadas en sangre es por decir lo menos, una burla cruel.

Un desdén absoluto. Una evasión de la realidad que lastima tanto ó más que una bala asesina.

Días después, Alfonso Romo, el empresario cercano a López, la conexión supuesta entre el cielo redentor de López y la realidad, en otro arranque de estupidez pide que los casos de Culiacán y la matanza de los Lebarón : “no se magnifiquen porque tienen un impacto en el espíritu de la inversión”.

¿En serio señor Romo, conmoverse e indignarse hasta el vómito al ver a un pequeño de 8 años con la cara destrozada correr por su vida , enterarse de un bebé de 6 meses muerto por un balazo en el pecho y encontrar su cadáver calcinado, soltar a un narco por una pésima implementación de un operativo poniendo en riesgo a la capital entera de un estado es magnificar las cosas ?.

¿De verdad?

¿No sería mejor guardar un poco la compostura en vez de quedar como un imbécil minimizando una tragedia ?

Asombra que del Gobierno Federal que encabeza López no haya salido una, una sola palabra, frase, oración ó adjetivo calificando este acto atroz.

No hay manera de hacerlos decir que los cárteles, sus sicarios, sus seguidores, sus beneficiarios, sus cómplices, merecen condena alguna.

Ninguna declaración que al menos sirva para expresar y dejar salir la rabia, la impotencia, el llanto ahogado.

Ningún: ellos son unos hijos de puta que alivie o sirva de explosión.

Ningún: no se saldrán con la suya y aplicaremos todos los recursos disponibles para someter a estos malparidos.

Ningún: ellos son los malditos responsables y no descansaremos hasta verlos tras las rejas o abatidos.

No hay adjetivos contra los que nos ponen de rodillas.

A ellos se les perdona todo.

Se les permite todo.

Sólo son atacados con recomendaciones, ocurrencias, dichos y la promesa de que en este sexenio no habrá más masacres al menos de lado del crimen organizado para que los señores del mal puedan dormir y descansar a sus anchas.

López, en su rencor obsesivo no quiere, se niega a ver que el enemigo no está en la prensa, ni en los twitts, ni en los que él llama y adjetiva como conservadores.

Se resiste a ver y enfrentar al monstruo infame que tiene delante de sí y que es capaz de ametrallar niños y calcinarlos sin piedad ni pudor alguno.

Y esa actitud, ese desdén permea en la sociedad mexicana entera que ante cada nueva tragedia, cada una más cruel que la anterior, ya no se asombra.

Ya no se conmueve.

Una sociedad tan dividida y polarizada que en un afán enfermo de defender a López, su soberbia y la ineptitud de sus funcionarios, busca de cualquier modo, aunque raye en lo absurdo, las justificaciones del caso para los asesinatos.

Una sociedad mexicana que afirma que los Lebarón se lo buscaron.

Por mormones, por ricos, por quedarse con el agua, por tratar de vivir en una paz a modo, por lo que sea.

Una sociedad que no entiende de responsabilidades y que sigue comprando el discurso ridículo y falaz de un López empecinado en seguir buscando culpables desde la conquista española hasta el neoliberalismo y cuya mejor ofensiva es atacar al hijo de un expresidente.

Carajo, ¿en dónde nos perdimos?

¿En donde quedaron nuestra misericordia, nuestra conmoción, nuestro asombro, nuestro ya basta?

Miro el rostro desfigurado, vendado y en recuperación de Cody Greyson y sé que ese es el lado en donde tengo, tenemos que estar si es que nos queda algo de alma y esperanza.

Sin duda alguna.

Del lado de un chico de 8 años que con una bala en la mandíbula, con un sufrimiento insoportable, con la certeza y el dolor de haber visto a sus hermanos, madre y tías asesinadas tuvo el valor, el coraje, los arrestos para correr kilómetros y permanecer escondido, solo, abatido, con la cara hecha añicos y el corazón destrozado, muerto de miedo, esperando que alguien lo salvara.

Encuentro en el lastimado, desesperado intento por sobrevivir de Cody, más valor y más ganas de plantarle cara a los miserables y a la muerte misma que en el discurso ruin y cobarde de un gobierno que sólo se atreve a atacar al crimen organizado con ocurrencias, burlas y una soberbia insufrible disfrazada de estrategia.

¿Cual es el límite de su estulticia, señores López y Durazo?

¿Cúal es nuestro límite?

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