La lección de Alexa

437

A Leti Bonifaz por la idea.

Juegos Olímpicos Río 2016.

Una jovencita de 22 años, mexicana, gimnasta, Alexa Moreno, vé el horizonte y el trayecto que deberá correr a toda fuerza para luego levantarse y hacer un salto imposible para lograr colgarse una medalla olímpica.

Es una joven como cualquier otra y que uno puede encontrarse en la calle, a la vuelta de la esquina, en la fila del cine o sacando dinero de un cajero. Con su 1.45 de estatura y sus 50 kilos puede confundirse fácilmente con millones de mexicanas más. Su tez morena, ojos negros y pelo oscuro no permiten duda del país que representa. Ha dicho más de una vez: soy mexicana y luzco como mexicana . No pueden esperar ver a una rubia.

Agosto 7 / 2016.

Expectantes, encendemos el televisor y esperamos la prueba que nos puede dar una medalla. Sería hipócrita, muy hipócrita si dijera que no nos sorprendió verla muy plantada pero con un físico que contrastaba con el estereotipo que se ha venido instalando acerca de las mujeres que practican gimnasia de alto rendimiento. El físico y la edad han dado un giro de 180 grados en estos 50 años.

Recuerdo haber visto a una Vera Caslavska que se convirtió en la reina de la olimpiada de México a los 26 años con rutinas que hoy parecerían muy simples y de ahí haberme seguido emocionando con la piruetas y dieces perfectos de la rumana Comaneci y su inolvidable entrenador Béla Karólyi que lograron cambiar a partir de Montreal 76, la forma y figura de hacer gimnasia para siempre.

Con la carrera de Alexa, no lo niego, corrimos todos y con el salto, al menos en casa contuvimos la respiración hasta que logró pisar tierra de nuevo. No hubo suerte entonces y Alexa terminó en el lugar 31 del All-around y en el lugar 12 del salto de caballo lo que la alejaba de cualquier posibilidad de medalla.

Esa misma tarde los imbéciles y los cobardes de siempre empezaron su labor con una dosis extra de burla y odio, desde el anonimato de twitter y facebook  se fueron acumulando los agravios y las ofensas:

Un tal Pirru (@Javo_o):

“Alexa Moreno, otro ejemplo de pseudo atletas que no debe mandar la Conade sólo por llenar la cuota”

Un tal Tony Soprano (@tonysopranx):

“Mi sueño es ganar uno de esos concursos de comer hotdogs”

— Alexa Moreno.

Una tal Andrea Alvarez:

“Alexa Moreno tiene el cuerpo de dos gimnastas juntas, una dieta antes de ir a las olimpiadas hubiera estado bien”

Un tal GeorgeM (@Jorge_papa):

“Lugar 31 en la gimnasia pero que tal la medalla de oro en lanzamiento de garnachas”

Un tal Victor Swartz (@VP0rti):

“Una imagen de peppa pig y la leyenda imágenes exclusivas de Alexa Moreno al terminar su rutina de gimnasia”.

(A estos tales los exhibo en su estupidez de cuerpo entero con el ánimo de que después de dos años puedan encontrar un hueco en el lodazal de sus vidas y tengan la vergüenza de esconder la cabeza, de admitir que su terrible prejuicio tarde o temprano les reventará en la cara).

Esa tarde Alexa fue testigo del juicio despiadado de muchos hacia alguien cuyo único motivo era competir por un país que la discrimina por ser mexicana.

Por sentirse mexicana.

Por parecer mexicana.

Por ponerse un leotardo verde y llevar su complexión a un escenario que pareciera destinado a jovencitas más delgadas ó más gráciles ó más rubias ó que pertenecen a países a los que históricamente la gimnasia les ha pertenecido.

Alexa fue condenada en esos olímpicos por atreverse a romper un estereotipo en una competencia mundial y a la vista de millones de espectadores.

Por ser la imagen fiel de la gran mayoría del México real.

Poco importaron los esfuerzos y entrenamientos desde sus tres años.

Las caídas y las vueltas a levantarse. Las madrugadas y los desvelos, la voluntad de seguir soñando y creyendo a pié juntillas que los olímpicos le pueden pertenecer a alguien como ella. Poco importó el dolor de un desgarre muscular sucedido apenas tres semanas antes del evento y que le costó no llegar en el peso ideal y dar el rendimiento óptimo.

Al entrevistarla un par de días después y a pregunta expresa de qué opinaba sobre las críticas feroces a su actuación, sin rencor en el rostro y sin excusas, desde una solvencia moral que sólo tiene un deportista que sabe que ha dejado la vida en la cancha lanzó apenas un tímido reclamo:

“Me sentí triste, sí me dolió. No soy un robot que no siente”.

Se alejó durante dos años, quiero suponer que para protegerse de los imbéciles y blindarse contra las críticas.

Retomó su carrera de arquitectura  y en septiembre de este año regresó a las competencias en el Panamericano de Lima donde consiguió el tercer puesto y de la mano de su entrenador, el español Alfredo Hueto y el apoyo incondicional de su familia viajó a Doha, al Campeonato Mundial de Gimnasia.

Para la competencia escoge un leotardo violeta sin saber quizá que ese color según algún análisis psicológico, lo usan las personas con mentes libres de prejuicios y que son capaces de separarse de los dogmas establecidos.

Así, el 2 de noviembre Alexa se vuelve a plantar  frente al caballo, lo vé en su exacta dimensión: 1.20 metros de largo por 95 centímetros de ancho y 1.25 metros de altura, lo conoce de mil maneras distintas y esta vez le parece más accesible, más suyo.

Emprende la carrera de 25 metros, llega al trampolín, vuela por los aires y cae de pié apenas  8 centésimas atrás de Shallon Olsen que se lleva la plata.

Alexa está de regreso y dá a México la primera medalla en su historia dentro de los Mundiales de Gimnasia y en la especialidad de Salto de Caballo.

Un bronce que esa tarde brilla más que todos los metales.

Un bronce que deslumbra y deja ciegos a los que van por la vida escupiendo prejuicios y vomitando limitaciones.

Un bronce que combina perfecto con la tez de Alexa y su convicción de ser mexicana y llevar esa cosa inasible que llamamos orgullo patrio al podio para demostrarnos  que contra la discriminación por el tono de piel, el peso y la estatura, la forma de vestir ó la condición social existirán siempre la persistencia por nuestros sueños, la determinación y el coraje.

En un país que discrimina brutalmente, que extiende solidaridad sólo el tiempo exacto que dura una tragedia en la memoria y que gracias a discursos irresponsables y resentidos se ha polarizado y se ha vuelto peligrosamente en blanco y negro sin entender que los grises son los que nos han dado identidad e historia , la lección de Alexa cobra una relevancia más allá de un salto mortal.

Ese bronce en el pecho de una mujer mexicana  nos está diciendo, de un modo contundente e irrefutable

que nunca más le digamos a una niña que no puede ganar una medalla olímpica por ser gordita, que nunca más le digamos a un niño que no puede ser el portero de la selección sólo porque es bajito, que nunca más nos atrevamos a decirle a un joven que un Nóbel es inalcanzable para alguien que calza huaraches, que nunca más creamos en redentores de papel cuando el futuro depende sólo de nuestras manos, y que nunca más anticipemos la derrota, sólo porque no supimos ver más allá de nuestros prejuicios e ignorancia.

Lección en el bolsillo y el corazón, gracias Alexa.