Disney lo hace de nuevo, literalmente hablando

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Es muy bien sabido que desde hace años, la industria del cine americano se enfrenta a una severa crisis creativa, en la que las nuevas ideas y la innovación han quedado enterradas por los cientos de remakes y reboots de los clásicos. Quien sabe de esto porque es especialista en vendernos hasta una cuchara desechable con ojitos y brazos de limpiapipas, es el ratón Miguelito y sus amigos el Pato Donald y Trivilín, quienes despiadadamente quieren arrancarnos el dinero en taquilla ofreciendo más de lo mismo. Aunque debemos admitir cuando algo está bien hechesito.

Ya pasaron algunos años desde que Coco arrasó en el cine, siendo quizá la última película cuya historia es original y fue un hitazo de Disney. Y es que la fórmula es fácil de descifrar a estas alturas. El público va a agotar los boletos de una cinta cuya historia ya se saben o les remonta a alguna parte melancolica, y eso generar fans de la nada es una tarea arriesgada e implica mucho tiempo, tiempo que los peces gordos no quieren perder.

Parece ser que eso de los remakes es una moda que se va a quedar por mucho tiempo más, o por lo menos hasta que deje de ser rentable. Y dentro de todo este bonche de películas reinterpretadas, hemos de aceptar que las estrategias que la empresa más poderosa del entretenimiento ha empleado, le han dado muchísima publicidad a partir de la polémica que una sirenita de color  genera ¿apoco creíste que la eligieron solo por bonita?  Pero la última adaptación del clásico El Rey León, nos ha dado la oportunidad de otorgar el beneficio de la duda (la cual perdí después de la mediocre película de Aladdin). La animación es impactantemente realista y a pesar de ser una calca exacta del clásico del 94, la historia nos atrapa desde el principio hasta explotar en un cóctel de emociones para niños y para los mayorcitos, a quienes les revoca aquellos tiempos en los que la animación 2D era el hit y Hakuna Matata sonaba por primera vez en los cumpleaños infantiles.

La película está muy bien hecha, tanto que olvidamos y perdonamos que repentinamente todo en el cine son secuelas y cosas vistas más de 7 veces. El soundtrack me atrapó tanto que por 3 días fue lo que más escuché.

Para Disney, reimprimir su propio dinero a través de vendernos lo que ya nos vendió, es una idea que seguramente al que se le ocurrió le generó mínimo un asenso. Pero ¿qué tanto debemos soportar eso nosotros como espectadores? No significa que valgamos poco, o que nuestro entretenimiento sea fácil de generar y cualquier cosa que nos saque dos o tres risitas sea lo que merezcamos. Algo así como el cine mexicano actual, pero ese es otro tema.

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