El hombre es el lobo del hombre

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Daniel Arias El Tecolote Diario

Thomas Hobbes fue un gran pesimista en lo que concernía a la naturaleza humana, creía que la especie era mala por naturaleza y que debido a ello era necesario el Estado (Leviatán), el cual era un ente al que le cedíamos parte de nuestra libertad al organizarnos en sociedades, esto con el propósito de no autodestruirnos, pero que a cambio nos brindaría de vuelta seguridad y bienestar, o al menos ese era el ideal. Verdad o mentira el debate continúa a flote y muy probablemente lo seguirá por mucho tiempo, sin embargo, Hobbes fue un importante pensador de su época y que influyó en el pensamiento moderno para la construcción de las estructuras e instituciones de la actualidad, dejando de lado su influencia política y social me quedo con la que es quizá la más famosa de sus frases “El hombre es el lobo del hombre”.

Esta frase tiene un poderoso significado que nos remite a lo que Hobbes creía que era el estado de naturaleza del ser humano, uno en el que la especie era depredadora y presa de si misma y no solo con esto, también estaba frente a las tempestades que la naturaleza traía consigo, en otras palabras, era una especie que sola estaba condenada a ser carroñera y presa, a tener que volcar todos sus instintos y energías a la supervivencia sin poder desarrollar plenamente sus capacidades culturales, fue esto lo que, según Hobbes, demandó la organización social, un cuerpo de cuerpos que culminó por ser el más agresivo, fuerte y rápido de los depredadores y que en conjunto fue capaz de hacer cultura.

Las ciudades, pueblos, villas, etcétera son un claro ejemplo de la tajante división que existe entre el ser humano y la naturaleza, la excluimos de nuestra vivencia, las ciudades, hasta cierto punto, nos protegen de los riesgos que significan estar a la intemperie siendo una posible presa o un ser débil que podría sucumbir ante la picadura de cualquier insecto, de cierta forma, las ciudades han sido la respuesta de aglomeración humana más sencilla ante el qué hacer con lo natural que esta constantemente al acecho, las ciudades marcan el límite de lo seguro, un cautiverio autoimpuesto en el que vivimos día a día, quizá es en la cotidianidad y el hartazgo de la rutina que somos testigos de este contrato social firmado en la psique humana hace milenios y del cual nadie nos preguntó nada, vivimos engullidos por el monstruo que significa la urbanidad, pero a cambio, los lobos no nos devoran.

Aún con lo anterior, a través de la historia ha quedado más que claro que el principal riesgo de un ser humano es otro ser humano, nos hemos encerrado en cárceles urbanas al lado de nuestros mejores amigos, pero también de nuestros depredadores más frecuentes, si bien a través de las ciudades el problema de la depredación animal hacia nosotros queda resuelta ¿De qué forma lidiar con la depredación de nosotros mismos? Somos, como sociedad, una dialéctica andante, tanto un problema como una posible solución con la que hasta ahora no hemos dado.

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Las ciudades, son entornos curiosos en los que todos somos ciervos y venados al mismo tiempo y es que la supervivencia planteada ya no solo se remite a mantener nuestro cuerpo orgánico con vida, sino que se ha trascendido al plano de lo existencial, ya no solo se lucha por la integridad corporal, sino que también por la integridad del ser y esta lucha causa una tensión directa con el sistema en general, que tiene la tendencia a depredar la estabilidad emocional y por tanto del ser. Las nuevas luchas de la sociedad se presentan de diversas formas, en el día a día podemos encontrar un enorme abanico de depredadores y presas en diversos ámbitos, desde lo más particular y literal en la violencia como lo son los asesinatos, hasta la degeneración del concepto de la relación depredador-presa que se vive en el mercado, tanto en esos que están techados y venden frutas y detergente, como esos invisibles que regulan la vida del mundo, un terreno simbólico en el que empresas y bancos se despedazan y son despedazados y en ese trance despedazan seres humanos en la realidad material, pasando por supuesto por las avenidas caóticas de la ciudad cargadas de autos que aguardan a sus siguientes presas, por el espacio de lo virtual en el que el abuso de poder traspasa las fronteras físicas y llega hasta la comodidad de tu casa, en esos canales de televisión en los que sin que lo sepas, el discurso de los depredadores te está acechando, buscando ese punto en el que eres más vulnerable y atacar, atacar con crisis migratorias, con narcotráfico y crisis económicas.

Al depredador lo tenemos siempre en casa, si bien Hobbes pudo haberse equivocado en muchas cosas, acertó con una, “El hombre es el lobo del hombre”, pero es que al lobo lo tenemos desde nuestra cabeza pero, por supuesto, así como tenemos un lobo tenemos ciervos, árboles, montañas, aves, mares y humanidad en nuestra cabeza, de esta forma somos eso con lo que nos alimentan desde pequeños y con lo que decidimos alimentarnos al crecer, claro que no todos tienen la oportunidad de decidir.