La herencia de una pasión

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9 de julio de 1972.

Final de campeonato de liga América – Cruz Azul.

Yo, con 12 años en la gradería general del Estadio Azteca con mis padres, un tío y mi hermano.

Aquel equipo inolvidable de Borja y Reynoso le pasaron por encima.

Perdimos 4-1.

Desolado, sin poderlo asimilar y sintiendo que las piernas no me daban para levantarme e ir a casa.

Sesenta minutos después de terminado el partido, con las gradas semi vacías, alguno que otro empujando la última cerveza yo seguía con la mirada clavada en el infinito, la bandera en la mano, lágrimas en el rostro intentando buscar respuestas y tratando de atajar los goles recibidos que me seguían atando a la gradería interminable de concreto.

Mi madre un tanto desesperada jugaba con mi hermano que brincaba las gradas de tres y mi padre y mi tío esperaban pacientes respetando el dolor de una derrota cruel y dándome tiempo hasta que ya  un poco más repuesto dije: vámonos.

Bajando las escaleras y antes de salir por uno de los pequeños túneles que dan ingreso a la gradería mi padre me paró en seco. Me agarró del brazo y me dijo: ven.

Señalando el centro de la cancha con el bellísimo pasto del Azteca me preguntó: ¿qué ves?

Confundido y medio harto, desde la inocencia de mis doce y el coraje del momento le respondí en mal tono: pues la cancha donde nos acaban de golear,  ¿qué más?

Mi padre con un tono severo y grave me contestó fulminante: Te equivocas. 

Lo que esta ahí es lo que te espera por el resto de tu vida y yo veo muchas derrotas dolorosas, como la de hoy, pero también veo muchísimas más victorias y campeonatos, goles increíbles y paradones, finales que te van a volver loco y tardes que vas a tener en tu corazón toda la vida.

Esa tarde no alcancé a visualizar todo ese futuro del que hablaba mi padre pero al bajar por las rampas de salida supe de alguna manera que a partir de esa tarde, esto del futbol y mi pasión por el equipo se convertían en algo personal e íntimo, que mi bautizo de fuego había sucedido y que nunca más iba yo a vivir un juego sin que el corazón me latiera a mil por hora.

Mi padre llegó a México en 1952 proveniente de Nicaragua a estudiar Odontología. Encontró felizmente a mi madre y años después se casaron.

Mi abuelo era dentista y tenía un consultorio en el centro de la Ciudad en el Hospital de Jesús, en plena avenida 20 de noviembre .

Ahí tuvo que llegar a trabajar.

El abuelo era partidario acérrimo del Guadalajara y en aquellos años gloriosos de las Chivas se ufanaba de las glorias del Tigre Sepúlveda, o de Chava Reyes y a mi padre como que se le constipaba tanta alharaca rayada.

Mi padre era beisbolista y beisbolero algo de lo que el abuelo no entendía ni jota y entonces cualquier charla ocasional entre pacientes se reducía a monólogos interminables que exageraban las virtudes de los jugadores del rebaño.

Hasta que mi padre dijo basta.

Entendió, como no entienden algunos hoy, que en esta vida siempre deben existir los contrapesos y tomó la decisión, que muchos años después agradezco, y es uno de sus legados, de irle al América .

Nadie ha sabido explicar hasta ahora cómo se gestan las fidelidades hacia los equipos. Nacen por casualidad ó por herencia directa. Por simple gusto a los colores de la camiseta o por llevar la contra. Por algún partido memorable o por un jugador en específico, por haber nacido o estudiado aquí o allá .

Lo que sí es cierto es que una vez puesta la camiseta, esa no se cambia nunca.

No hay traición posible.

Y mi padre desde que lo decidió, selló mi destino y el de las generaciones posteriores.

Las pláticas entre consultas odontológicas entonces sí, adquirieron tema y contrapeso.

En 1959, Emilio Azcárraga compra al América y pone a Guillermo Cañedo en la presidencia. Entre ambos hacen del enfrentamiento entre americanistas y tapatíos un emocionante duelo que adquiere trascendencia nacional. El América representa el villano capitalino que desafía al héroe de la provincia mexicana; un equipo que admitía a jugadores extranjeros de calidad en contraparte a las patrióticas Chivas que competían solo con mexicanos.

En un partido en el que se buscaba el liderato, América vence 2-0 al Guadalajara de la mano de Don Fernando Marcos y repite la dosis a otros dos equipos de Jalisco lo que da pie a que con la fina ironía que caracterizaba a Marcos dijera que el número telefónico donde podía localizarlo el entrenador del Guadalajara era 2-0, 2-0, 2-0 .

Mi infancia en lo sesentas es custodiada por Zague Sr., Moacyr , Chalo Fragoso, Vavá y el Coco Gómez entre otros.

El 29 de mayo de 1966 se inaugura el Estadio Azteca, y soy testigo del primer gol en esa cancha anotado por Arlindo en aquel empate a dos ante el Torino italiano.

En 1971 es turno de mi juramento de lealtad con el campeonato del América ante el Toluca por dos goles a uno y de la mano con los dos ídolos de mi adolescencia: Enrique Borja y Carlos Reynoso.

La camiseta de aquel campeonato era crema con vivos azules en cuello y mangas y solamente con un gran escudo al centro del cuerpo. Desde entonces llevo la certeza de que ese escudo limpio y solitario podía ganar partidos y hacer temblar a los rivales y conservo el anhelo de que alguien, algún día tenga el valor de regresar a una camiseta que esté sólo manchada por el sudor, la tierra y el pasto.

En la cochera de la casa familiar en Barranca del Muerto un estadio de 8 x 4, piso de cemento rugoso se acumulaban las tardes en que Reynoso metía el pase, abría hacia Borbolla, filtraba el balón al negro Hodge quien lo prolongaba al “monito” Rodríguez, este encaraba y sacaba un centro prodigioso que Borja remataba con una chilena espectacular. 

Cada gol sonaba con el estruendo que hacía la puerta metálica del garaje y retumbaba hasta los carriles centrales de periférico .

Mi hermano era el odiado rival y en más de una nos agarramos por alguna falta innecesaria o por un gol que no había entrado.

En otras, el “Pajarito” Cortés o el “Tarzán” Palacios se vestían de héroes en las tandas de penales. 

Los partidos terminaban cuando mi madre ya no aguantaba tanto pelotazo, las rodillas ya estaban peladas y la luz ya no dejaba ver el balón.

Uno se imaginaba recibiendo la copa, narrando los partidos como sólo lo hacía el único e irrepetible Ángel Fernández poniendo apodos (el confesor Cornero, Pata bendita, Capitán Furia) y con un estilo que hizo escuela.

Borja y Reynoso también competían por la popularidad en los puestos de periódicos, cada uno sacó un cómic alusivo a sus figuras: Borjita y Pirulete, algunos ejemplares de colección están guardados bajo llave cerca de mis ilusiones y sueños de aquellos años.

La voz del Azteca, el recientemente fallecido e inolvidable Don Melquíades Sánchez Orozco nos recibía cada quince días y con tono grave oficiaba la misa dominical iniciando con la alineaciones, siguiendo con los anuncios de rigor, el céleberrimo “cambio del equipo Ámerica” pasando por  “al niño Arturo Sánchez lo esperan sus padres en la entrada del túnel número uno” y terminando siempre con el golazo Tutsi Pop.

Eran domingos de comunión familiar y poco a poco fui entendiendo que al menos con relación al césped del Azteca, la magia de esa cancha y al amor leal al equipo de mis amores, mi padre no se equivocaba.

El capitán Furia , Alfredo Tena definió ese amor en una frase contundente: El que le va al Ámerica, lo dice, lo goza y lo padece.

Esa cancha del Azteca vió al América coronarse ante el Boca Juniors en la final de una copa Interamericana de 1978 con un golazo agónico del maestro Reynoso. Esa noche mis padres me llevaron a rastras a una graduación de alguno de mis tíos y yo pasé las angustias de oír el partido en un radio con los audífonos puestos.

Mientras los discursos iban y venían y las fotos con los diplomas sucedían yo me mordía las uñas y escuchaba como después del 1-1 en tiempo reglamentario se iban a los tiempos extras. En el último minuto del segundo tiempo extra, Reynoso metió el gol y yo no pude dejar de gritarlo.

Los platos de la mesa donde estábamos sentados salieron volando en todas direcciones cuando me levanté de golpe. Las copas se cayeron y mi madre me fulminó con la mirada. Mi padre intentó mostrar ecuanimidad y pretendiendo un regaño nos llevó a mi hermano y a mí directo a la cocina del salón donde la mitad de los meseros y cocineros veían una y otra vez en una televisión portátil el golazo narrado en voz del mismísimo Ángel Fernández.

Maldije no haber ido al estadio ese día pero ese radio y esa carrera a la cocina, ese abrazo solidario con los meseros y cocineros es uno de los mejores recuerdos de mi vida.

Ahí volví a ratificar mi convicción de que los milagros más factibles, siempre suceden en forma de goles.

Vino 1983 y la única final con un clásico y ganada contra el Guadalajara con el penalti detenido de Zelada y los goles de Bacas, Tena y Aguirre .

En el 84 el bicampeonato a expensas de los Pumas con la mejor actuación que dió el ruso Brailovski en su vida.

La memoria no se olvida de inolvidables como Jose Antonio Roca, el zurdo López, Cristóbal Ortega, Tena, el Cuau, Zague Jr., Santos y decenas más que sintieron lo que es querer a muerte esta camiseta .

Diez años después de la mano de Leo Beenhaker llegan al club dos africanos que revolucionaron sin duda el fut mexicano, Kalusha y Biyik . 

Se vienen tiempos austeros como también lo predijo mi padre y no es sino hasta 2002, en que se vuelve a levantar una copa.

Ese año nace mi segundo hijo. 

Y quizá con más convicción de la que tuvo mi padre conmigo, Mateo no tuvo posibilidad alguna de discrepancia con la tradición paterna.

Memo Ochoa se encargó de afianzar su vocación por el equipo y la posición en la que juega, sabiendo y entendiendo desde muy temprano que es la posición más ingrata del futbol .

Le había tocado una sola final ganada en 2005 y la había vivido con apenas tres años de edad. No podía existir registro visible de alguna emoción.

Cuando el 26 de mayo de 2013 viviendo fuera del país nos sentamos a ver el juego de vuelta de la final entre Ámerica y Cruz Azul la responsabilidad paterna me obligaba a ser cauto y mostrar el ejemplo en caso de algún resultado adverso.

Con un 2-0 en contra hasta el minuto 88 y con un hombre menos mis palabras sonaban más a resignación con un coraje y una rabia que me estaban carcomiendo por dentro.

De repente, la mano de Mosquera y la palomita desesperada de Moisés hicieron que mandara al carajo toda dosis posible de mesura y luego de que Miguel Layún con toda la culpa del mundo sobre sus hombros anotara el penal definitivo, grabé, como lo hizo mi padre conmigo en aquella tarde de 1972, palabras a sangre y fuego en el corazón de mi hijo:

“Esto es el Ámerica Mateo, grábate esta noche en la cabeza y en el corazón. 

Esto que acabas de ver sólo lo hace este equipo y así como hoy lloramos con lágrimas de alegría y creemos en milagros, así también van a existir ocasiones en que mentemos madres y escupamos rabia por la boca.

Esta pasión, no se traiciona nunca. 

A sus once, como me sucedió a mí aquella tarde de hace 46 años no creo que haya valorado en su justa dimensión la gravedad de mis palabras.

Le tocará a él escribir su propia historia y vivir o morir de a poco en cada partido.

Esa noche, luego de la euforia indescriptible y con la emoción de que tres generaciones al fin hubieran visto y vivido una final ganada del Ámerica, tomé el teléfono, marqué los dígitos del número de mi padre y esperé algo así como 8 timbrazos, mi padre tomó la bocina del teléfono fijo, reconoció mi voz y con la voz entrecortada, visiblemente emocionada y casi afónico me dijo:

Campeones hijo, Campeones.

Yo regresé en ese momento a 1972, a aquellas gradas vacías y esta vez, en lugar de darle la mano, lo abracé. 

Lo abracé muy fuerte.