Historia mínima del fuego

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Han existido, a lo largo de la historia, ciertos paralelismos en el sistema de creencias y cosmovisiones entre distintas civilizaciones difíciles de ignorar, símbolos compartidos por más de una cultura a pesar de que la posibilidad de un contacto previo entre estas fuera casi nula pero que aún así están presentes y fueron parte de la construcción histórica y cultural del sentido, ejemplo de ello podrían ser Jesús y Quetzalcóatl, dos seres que personificaban a lo divino y que le prometieron a su pueblo elegido regresar en algún punto de un tiempo desconocido futuro y de esta forma un pueblo espera por el regreso de su redentor y creador.

El ser humano siempre ha buscado una explicación a su existencia y la respuesta primera por excelencia es la que da la mitología y la religión, atribuyéndole características divinas a todo eso que nos rodea y que en apariencia había sido dada por un ser o seres superiores y apriorísticos a nosotros como raza.

Previo a que el ser humano tuviera noción del principio de la causalidad universal, el terror que los envolvía al presenciar una tormenta y relámpagos era indescriptible, lo mismo con el fuego y otros fenómenos de los que hoy podemos dar una explicación racional al saber el proceso natural que dan vida a estas manifestaciones, pero que en esa prehistoria humana solo se podían justificar mediante el involucramiento de lo divino, como sí la naturaleza no fuera más que un tablero en el cual los dioses dejaban entrever su humor del momento, seres sumamente temperamentales.

Con la evolución del ser humano, las divinidades que se creían responsables de la creación se fueron complejizando, las historias que las entrelazaban eran abundantes y los mitos de la creación estaban cargados de simbolismo y conocimiento, representado por medio de ciertas imágenes y lenguaje a través de diversas figuras retóricas y metafóricas, que hoy en día nos parecen absurdas o sumamente surreales, la razón de esto es que somos seres descontextualizados de la época en que estas imágenes y formas de saber fundaron una cosmovisión generalizada. La ruptura total entre este conocimiento astral que se contenía en los propios mitos, que si bien comenzaron como esbozos de explicaciones, a la larga se hicieron recipientes de sabiduría y moldeaban con ellos un sistema de valores y creencias que fundaban a lo social, esencial para la existencia y perpetuación del ser humano, y la ciencia positivista, se da tras el tambaleo y colapso de la edad media u oscurantismo  y el inicio del renacimiento teniendo como destino a la propia ilustración y al comienzo del método científico para validar cualquier conocimiento como ciencia, por supuesto la mitología y religión quedaban por fuera de esto. A pesar de esta división tan tajante que se pretendió hacer, es imposible hacer una disección perfecta de estas dos formas de conocer, una fundada en la experiencia subjetiva y social y la otra fundada en métodos rigurosos de experimentación cuantificable, que si bien, hoy en día parecen saberes antónimos y mutuamente excluyentes, en algún tiempo fueron unitarios, por tanto, hoy en día encontramos rezagos de una forma del saber en el otro.

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Es así como ha evolucionado el propio pensamiento humano, primeramente con un esbozo muy primitivo de la razón de ser de ciertos fenómenos naturales y su atribución a la furia o alegría de los dioses, siguiendo por un enriquecimiento de estos mitos con la cópula que se da entre estos y la razón, y finalmente el divorcio de los dos haciendo del modernismo y posmodernismo una periodicidad volcada por completo a la racionalidad negadora de otra clase de conocimientos que no emane de ciertas metodologías y lógicas.

Teniendo lo anterior como preámbulo, podemos decir que existe una constante en gran cantidad de civilizaciones que han poblado la tierra, esta es la del fuego, no podemos explicar la importancia del fuego directamente de su relevancia como símbolo divino y mítico, sino a través de experiencias prehistóricas más fundamentales y materiales.

Debido a ciertos procesos evolutivos, los ojos del ser humano son carentes en comparación con la estructura ocular de algunos otros animales, a pesar de ser animales diurnos, nuestra vista no se compara a la vista de un lince o un águila y durante la noche nuestra visión de igual forma se ve reducida de forma significativa, claro que la deficiencia visual se ve compensada por un cerebro más capaz y grande, no obstante, esto no siempre fue así y nuestros antepasados al no tener el dominio sobre la naturaleza que hoy en día posee, se hallaba en una situación de igualdad y hasta de inferioridad con relación a otras especies depredadoras y ante la caída de las tinieblas de la noche su condición de presa se disparaba exponencialmente, de ahí el miedo intrínseco del ser humano a la oscuridad, pues esta nos remite a un recuerdo o estado primitivo de vulnerabilidad.

Tras el dominio que adquiere el hombre sobre el fuego esta relación cambia por completo, pues ahora son el resto de los animales y no nosotros quienes le temen al fuego y por ende a quienes tienen su dominio aposentado en él y es este peculiar control sobre el elemento lo que nos lleva a pensar que el fuego es un regalo que los dioses le dieron al hombre, la realidad es que fue este control sobre el elemento lo que nos aventajó en la carrera de supervivencia y nos posicionó en la cabeza de la cadena alimenticia.

A pesar de lo anterior que son circunstancias plenamente evolutivas, materiales y naturales, el fuego contiene en si un significado más profundo y simbólico, antes del fuego éramos animales entre animales, con el fuego, somos animales sobre los animales, es decir, damos un paso más en ese camino que hay entre la supervivencia pura en la que se debe de luchar día a día por un alimento, refugio y por no morir, y eso que hoy en día es vivir, teniendo como principal diferencia el hecho de que al poder dejar de preocuparnos por cuestiones tan inmediatas como las necesidades biológicas básicas, ya que estas han sido cubiertas, podemos realmente comenzar a pensar, a construir conocimiento y socializarlo, esto es lo que sucede con el desarrollo del humano primitivo, el fuego es lo que da la condición de posibilidad para poder pensar más allá de la pura supervivencia, de convivir no solo para satisfacer las necesidades primeras, sino para iniciar una cadena de conocimiento práctico y teórico entre humanos mediante el lenguaje, de comenzar el tránsito hacia preguntarnos por el porqué de las cosas y empezar a lanzar esbozos de explicaciones al respecto. He ahí la importancia del más cálido de los elementos, pues al brindarnos su luz, calidez y protección es que los ancestros del ser humanos pueden comenzar a refinar sus prácticas y transitar de nomadismo por supervivencia, al sedentarismo tras la domesticación de ciertos animales y plantas, todo esto con una importante colaboración con el fuego sin el cual, nada de eso habría sido posible.

Una vez explicada la importancia material del fuego es que podemos pasar al siguiente nivel de análisis el cual es la relevancia simbólica de este, el fuego es un elemento al que se le atribuyen poderes, mitos y una divinidad semejante en diversas culturas. Por poner algunos ejemplos, Hueheteótl para los mexicas era el dios viejo que habitaba en el ombligo del universo y cuyo elemento asociado era el fuego, cada cincuenta y tres años se celebraba la renovación de este fuego como símbolo de nuevos tiempos, era un fuego de renovación. Yahvé materializándose ante Moisés a través de una zarza ardiente que no se consume para comunicarle su misión, la liberación del pueblo de Israel, nuevamente el fuego es utilizado como recurso para representar a los nuevos tiempos venideros, a la divinidad y a la propia libertad. No podemos hacer un trazado simbólico del fuego sin mencionar a Prometeo y la forma en que este personaje baja el fuego del Olimpo para el disfrute humano después de que Zeus nos despojara de él y nos sumergiera en el frío y las tinieblas, acción que lo condena a que su hígado sea eternamente devorado por un buitre. Existen otros tantos mitos más, como el del tlacuache que también roba el fuego para dárselos a los humanos que vagan en una oscuridad y frío colosales o el mito mexica de la creación del Sol y de la Luna a partir de la hoguera en la que dos dioses se sacrificaron para darles vida al astro y al satélite.

Es así como podemos apreciar al recurso del fuego como símbolo divino, la pregunta ahora es ¿Qué simboliza este fuego?

El fuego es quizá el elemento más atractivo de todos por sus trazos deformes y danzantes, el calor que emite y su capacidad destructiva, sin embargo, ha quedado claro que el fuego también posee una connotación simbólica más allá de sus características físicas, que ya son suficientes para elaborarle odas completas. Este elemento igualmente purifica, es por eso que durante las cacerías de brujas muy común en el poblado de Salem,  a las mujeres que eran acusadas y declaradas culpables se les quemaba en una hoguera, pues según las creencias el fuego también limpia al cuerpo y al alma, el propio infierno es retratado en el pensar popular como un espacio en el que las almas se quemarán eternamente entre llamas abrazadoras como castigo por sus faltas en vida, una de las tantas retorcidas formas de purificación mediante el sufrimiento y el castigo.

No es sorprendente que al ser el fuego el responsable de arrancarnos de nuestra animalidad sea también una representación del propio conocimiento. Los dioses nos privan del fuego porque es este el que logra acercarnos a ellos, y a los dioses en su infinita arrogancia les parece inaceptable que su creación los llegue siquiera a observar, al final de todo, los dioses están necesitados de adoradores y estos solo pueden ser tales mientras sean ignorantes, no hay mejor forma de ejemplificar esto que remitiéndonos al mito de la caverna cuyos elementos más importantes son, curiosamente, el propio fuego y la luz del conocer,  el fuego es símbolo del tránsito de la humanidad, que al haber logrado domar a la más poderosa de las bestias se implantó por sobre las demás. Igualmente al haber controlado este elemento ha logrado avanzar y desarrollarse, es símbolo del conocimiento por el solo hecho de conocer, pero el fuego también hiere y mata,  por eso mismo también es representado por los mitos como el objeto o razón de la condena de ciertos personajes, como una advertencia que se hacía el propio ser humano a sí mismo al proyectar de esa manera cruel las consecuencias del conocimiento mal utilizado.

Todo lo anterior nos puede hacer recordar dos historias más, la de Pandora y la del pasaje de la creación bíblica. El primero muy apegado a lo antes dicho, pues fue la curiosidad de Pandora la que esparció todos los males a través del mundo por haber abierto una caja que Zeus le dio con engaños. El mito de la creación, por otro lado, lo desdoblo en dos partes, la primera en la que El verbo, al vagar por un entorno en el que no había nada más que tinieblas hizo la luz, dos elementos fundamentales para el ser humano están presentes en este pasaje. Es el lenguaje (el verbo), a su vez la condición de posibilidad para el conocimiento (la luz), no podemos entender esto bajo los parámetros actuales de un tiempo lineal, sino a través de un tiempo paralelo en el que lenguaje y conocimiento son necesarios para su existencia y su reproducción mutua, nuevamente tenemos al fuego como elemento simbólico. La otra parte a la que me remitiré dentro del propio libro del génesis es al momento en el que Satán o el mal, tienta a Eva para probar la manzana y esta a su vez convence  Adán de hacerlo, la manzana fue prohibida una vez más por un dios y ofrecida a los mortales por un segundo, este segundo personaje antagónico de dios nos ofreció el fruto del conocimiento y fue esto lo que nos condenó a ser exiliados del paraíso, la manzana o el fruto prohibido alimentó al espíritu y con ese bocado es que nos hicimos seres humanos que por primera vez retaban a la autoridad de dios, es aquí cuando emprende su carrera evolutiva, su adquisición de conocimiento y su comenzar a arrancarse de lo puramente divino para iniciar a desarrollar una ciencia, el inicio de la historia, es aquí cuando y donde el ser humano tiene una ambición por asemejarse a dios o a los dioses y por otro lado es cuando dios o los dioses sienten la soberbia y la ofensa de ver a su autoridad puesta en entredicho y a su liderazgo retado directamente, es una negación a los padres, no obstante, este pasaje bíblico de alguna manera también nos advierte del conocimiento mal utilizado y de las fatales consecuencias que puede tener para el humano. Ejemplos históricos de este mal empleo del conocimiento tenemos de sobra. Fuimos desterrados de un paraíso de ignorancia para pasar a un escenario existencial lleno de preguntas sin respuesta y de respuestas a las que no se les ha interrogado.

Es aquí cuando debemos hacer un cruce de caminos, la caja, el fruto y el fuego son parte de la misma entidad: El conocimiento.  El verbo por otro lado, es la capacidad humana para socializar y representar este conocimiento por medio de palabras, por decirlo de alguna forma, el verbo o lenguaje es la entidad simbólica del fuego, el verbo es el alma expresada del fuego. Sin el verbo continuaríamos sumergido en nuestra animalidad, de nada nos habría servido pensar si este no puede ser comunicado y puesto a debate, pues el pensamiento y conocimiento solo se logran y enriquecen al ser dialogados, ya sea con otros o con uno mismo y es que el lenguaje es necesario como estructurante del propio pensamiento, es por eso que no podemos hablar de conocimiento sin hablar de lenguaje y viceversa.

El ser humano a lo largo de su existencia ha planteado varias alternativas de explicación y narrativa del porqué de todo lo que nos rodea y el porqué de nuestro propio existir, de dónde venimos y hacia donde vamos, lo ha intentado de diferentes formas, algunas más directas y literales que otras como ya lo hemos visto, sin embargo, este conocimiento, ya sea simbólico, mítico, espiritual o científico tiene precedentes, una semilla ya arrojada a la tierra a través de la cual el árbol del conocimiento se desarrolla.

El conocimiento mismo es como un ave fénix que renace de sus propias cenizas al combustionar, así también es el conocer, se renueva, se reinterpreta, se reestructura y se propone, mas siempre posee un origen histórico y evolutivo, un precedente que le da un fundamento y sostén empírico y teórico.

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¿Destinados a ser o no ser?

José Daniel Arias Torres

Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana Puebla, escritor y ganador de diversos concursos literarios, invitado a eventos y encuentros artísticos con experiencia en el medio radiofónico y en el área de investigación de derechos humanos. Correo electrónico: danatjose@gmail.com