Eeeeeeeeeeeeh……….!

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Plumas Invitadas Todo Personal Gerardo Mercado Ehhhhhh...! El Tecolote Diario

Mi primera visita al Estadio Azteca fue el 29 de mayo de 1966.

Inauguración del estadio con el Presidente de la República y altos funcionarios de la FIFA y los artífices de la obra, Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares como arquitectos y Emilio Azcárraga y Guillermo Cañedo como los visionarios de lo que se convertiría años después en la casa oficial del futbol mexicano.

Sin techo volado todavía y con los marcadores electrónicos Carta Blanca a todo lo alto y en ambas cabeceras.

Una obra impresionante.

El partido inaugural fue entre el América de México y el Torino de Italia. El primer gol fue obra de Arlindo dos Santos rebasando apenas el minuto 10 y el marcador acabó con un empate a dos.

Mi memoria solo alcanza a registrar haber estado sentado en aquellas gradas de general y alguna emoción por ver aquella construcción y los goles de mi equipo.

Ahí tuvieron su inicio dos pasiones que me han definido como persona y profesional, irle al América y ser arquitecto.

La primera emoción imborrable de toda una vida de peregrinación quincenal al Azteca sucedió con el Mundial de 1970.

El México – Rusia de la inauguración, la victoria sobre Bélgica y aquel penalti cobrado con calma pasmosa por el halcón Peña que nos daba el pase a cuartos de final, el honor de haber estado en el partido del siglo y de todos los siglos por venir entre Italia y Alemania y el privilegio de haber visto al Brasil de Pelé arrasar con Italia, sentados en medio de la porra brasileira son memorias que sin duda marcan para toda la vida y permean el ánimo de cualquier niño a los 10 años.

La pasión tomó forma con el primer campeonato del América en 1971 frente al Toluca y ya no hubo forma de quitarla.

La misa dominical de cada quincena  sucedía para mí en el Azteca.

Ahí me convencí de que a veces Dios obra milagros y otras no le importas un carajo.

En las gradas de tribuna general, que era para lo que alcanzaba en esa época, mi padre, mi hermano, mi tío, mi santa madre y yo nos entregábamos a la fiesta y a las angustias por dos horas justo al rayo del sol de mediodía.

Las cervezas que mi tío y mi padre se refilaban en cada tiempo les encendían la garganta y los hacía gritar cosas ocurrentes a favor de nuestro equipo o en contra de los rivales.

Sólo alguien que ha estado en un estadio sabe de lo vano, de lo inútil, de lo fútil que resulta gritar a decenas de metros de la cancha algún recordatorio familiar al rival ó algún consejo de abrir la cancha o disparar a gol  para los nuestros.

Y sin embargo somos miles los que seguimos haciéndolo porque sabemos que es nuestra manera muy particular de apoyar, de estar, de sacar los corajes, frustraciones y anhelos, de sentirse vivo.

Sé bien cuando sucedió mi primer grito contra un extraño enemigo.

Fue en un clásico América – Chivas y sucedió exactamente en la ya mencionada tribuna general.

Tendría yo unos 13 años.

Perdíamos y un sujeto enfundado en la camiseta del Guadalajara que apenas resistía las costuras por la envergadura de su abdomen, no se podía quedar sentado dos filas delante de nosotros y celebraba el triunfo parcial de su equipo bailando y gritando linduras contra los seguidores del América.

Entre que no dejaba ver el partido y los gritos e insultos hirientes ya me tenía hasta la madre.

Mi padre algo gritaba que se sentara y el gordito tapatío más se regodeaba.

Hasta que harto no pude más y le espeté un sonoro: “…ya güey… siéntate que por más que bailes no vas a bajar ni un gramo ….”

Sí, yo sé que no fue políticamente correcto ni elegante, que transgredió toda forma de respeto a la condición humana y que por poco me salvé de que me rompieran el hocico. Sí, lo sé.

La tribuna soltó una sonora carcajada, muchos me voltearon a ver y me hicieron señas de aprobación con la mano, otros más sintieron en el grito hacia el aficionado bailarín una orden de volver a gritar con más fuerza en apoyo de su equipo, mi madre me echó unos ojos de pistola y mi padre me dijo al rato hablamos.

Después de unos segundos, el gordito se sentó y los que estábamos cerca le aplaudimos.

Terminó el primer tiempo y mi padre me dijo que lo acompañara al baño – no tengo ganas- le dije, sabedor de la que me esperaba y por única respuesta recibí un apretón en el brazo.

Antes de volver a la gradería mi padre se plantó frente a mí y me dijo con voz clara y grave que él también estaba harto del gordito bailarín y que mi grito le había parecido ocurrente y divertido pero que no había sido correcto con la persona.

Que tenía que entender que el que se lleva se aguanta y que si gritaba una me iban a responder dos y que estaba de acuerdo en mis gritos siempre que estos fueran ejemplo de inteligencia y no de grosería y que me tocaba disculparme con aquel señor.

Le dije no me hagas esto, ya entendí lo de los gritos pero no me hagas que le pida disculpas si él es el que no nos dejaba ver el partido.

No hubo manera.

Nos acercamos al sujeto en cuestión y apenas abriendo la boca le solté un

“perdón por lo que le grité …” él, magnánimo y buena gente aceptando la disculpa me dijo “no hay pedo mijo, eres ocurrente y ya ves, me tuve que sentar y para eso viene uno al estadio ¿ que no ?…a pasarla bien, gritar lo que uno quiera y al final salimos como cuates …”

Donde yo esperaba una regañiza monumental apareció en forma de camiseta rival un lección que todavía llevo en el corazón.

Lo que pasa en el estadio, se queda en el estadio.

Eran otros tiempos sin duda.

Más sencillos. Menos complicados. Un poco más divertidos.

Donde no había tanta sensibilidad mal entendida y en donde uno se limpiaba las heridas, se sacudía los pantalones y se levantaba.

Hace unas semanas la Federación Mexicana de Futbol, amenazada por una FIFA hipócrita y dos caras, difundió las consecuencias si los aficionados mexicanos seguimos en la ocurrencia de seguir gritando eeeeeh puto cada vez que el portero rival despeja el balón del área.

Hablan de 14 multas acumuladas, de expulsar a quien lo grite, de sanciones económicas, de suspensión de partidos por cinco minutos, de pérdida de puntos y de partidos a puerta cerrada.

Todo esto por gritar  ¡eeeeeeeh… puto!

Hagamos historia.

El grito nace por ahí de los ochenta en un escenario totalmente distinto al del futbol soccer. En Monterrey.

Inició como un eeeeeeeh …pum! En la patada de despeje al iniciar cada juego de futbol americano infantil, entre ellos los borregos del tec y el infantil Potros.

Más tarde se incorporó a los juegos de futbol americano de liga mayor y pasó a inicios de los 90 al futbol soccer durante un clásico entre los tigres y el monterrey.

Osvaldo Sánchez, un gran portero mexicano surgido de la cantera del Atlas con el que empezó a jugar en 1993 emigró al América en 1996 donde jugó hasta 1999 y regresó a Guadalajara pero no a jugar con el Atlas sino con las Chivas.

Aún siendo atlista de formación, Osvaldo siempre declaró que su corazón era chiva.

Los aficionados del Atlas no se lo perdonaron nunca.

Y fue justo durante un clásico Atlas – Chivas de aquellos años en que la gradería con la “traición” a sus espaldas le empezó a gritar eeeeeeeh …puto, a Osvaldo en cada despeje como clara afirmación de que la traición a los colores se paga caro o al menos con una lindeza como la frase en cuestión.

Hay algunos casos en que el contexto lo dice todo y este es uno de ellos, no fue un grito artero para exhibir y humillar la preferencia sexual de nadie.

Tampoco como sinónimo de cobardía. Ni evidencia de  manejarse con formas delicadas.

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Fue un recordatorio de una supuesta traición a los colores que encontró eco en un personaje específico de los 22 jugadores que se encuentran en la cancha y en un momento puntual del partido, un despeje de saque de meta.

No es que el respetable y a veces no tan respetable público se la pase todo el partido gritándole puto al portero.

Todavía recuerdo con claridad absoluta que cada vez que Don Melquiades Sanchez Orozco , la voz del azteca , nos recitaba las alineaciones de los jugadores de cada equipo. Al tocar el turno del rival, la gradería le dedicaba un sonoro y estruendoso puto a cada jugador y nadie aventaba el Jesús al cielo.

Tampoco recuerdo a nadie que durante el mundial de México en 1986 se escandalizara por la famosa chica Chiquitibum en aquel comercial de cerveza Carta Blanca en donde Mar Castro aparecía con una camisetita recortada sin sostén cantando junto a cientos de fanáticos, el célebre siquitibum.

Parte del problema es querer ignorar el contexto en donde se produce el grito.

Su origen. Las múltiples acepciones y usos de la palabra puto.

¿Alguien se ofende cuando se dice “ que puto frío está haciendo “ ó “ me lleva la gran puta” ó “qué putazo me agarré en el dedo” ó “España es el puto amo” ó

“Que putiza le espera después de esa borrachera “ ó el tan simple y llano, mexicanísimo “ puto el que lo lea”…?

Son estruendosas, sí.

Son de uso común, sí.

Algunas son corrientes y vulgares , sí.

Otras ocurrentes y divertidas, sí.

¿Que se la diga yo a un sujeto que defiende un arco rival sólo en el justo momento en que despeja un balón es hacer apología de la homofobia y vulnerar los derechos de una persona?

Sinceramente, no lo creo.

Los comentaristas de los programas futboleros se rasgan las vestiduras y se convierten en adalides de la moral y emiten juicios lapidarios cuando la vida de más de uno ha estado salpicada con escándalos y frases que sí han lastimado y humillado a jugadores y fanáticos.

Las agresiones verbales son el pan de cada día y lo que vende.

¿En serio alguien pudo creer que al portero de Corea del sur le importó un carajo que los más de 30 mil mexicanos que asistieron al partido del mundial le gritaran eeeeeeeeeeh puto … en cada despeje?

Lo que irrita y molesta es la doble moral y la hipocresía de la FIFA y todos aquellos que se suben al barco de la moral y las “buenas costumbres” y se instalan cómodamente en lo políticamente correcto.

Los que tiran la primera piedra son los mismos que permiten que se realicen mundiales de futbol en países donde los derechos de la comunidad LGBTTT+ son vulnerados un día sí y otro también como Rusia y Qatar.

Son los mismos que frenan cualquier intento de que la mujeres que juegan al futbol de manera profesional accedan a una igualdad, ya no digamos de salarios, sino de oportunidades, condiciones y prestaciones.

Son los que voltean la mirada para no ver la explotación criminal de niños africanos con talento para jugar al futbol que son reclutados y comercializados sin pudor alguno en Europa y que a cambio de monedas representarán un gran negocio a futuro.

Los mismos que desde la protección impune de un programa de futbol en Argentina ó México o España se atreven a burlarse de países que no tienen el mismo desarrollo futbolístico de sus ligas.

Los que venden hasta su madre y sobornan a diestra y siniestra para conseguir mundiales o fichajes espectaculares con comisiones groseras e insultantes.

Los que hasta hace poco tiempo no permitían el acceso de mujeres árabes e iraníes a los estadios de futbol.

Cuando voy al estadio aún grito con pasión y vehemencia.

Lo ocurrente no se me ha quitado y mucho menos el gozo infinito que me produce ver un gol de mi equipo.

De haber estado ahí le hubiera gritado criminal y cochino a Briseño, el defensa del Guadalajara que le abrió la pierna en flor a Gio dos Santos en el último clásico mexicano.

En otra ocasión le hubiese gritado al árbitro ratero o ciego al no marcar una falta o un penalti clarísimo.

También hubiera entonado algún canto y brincado en la gradería y sin duda al escuchar las alineaciones de algun equipo rival hubiera soltado en coro con los miles más en el estadio, un sonoro puto.

¿Eso me hace una mala persona  demerita el trabajo a favor de la diversidad, la inclusión y la tolerancia que he realizado con pasión y entusiasmo durante más de 40 años y me aleja de amigos muy queridos con preferencias sexuales distintas a las mías?

¿Me califica como homofóbico el gritar linduras al rival en turno desde una gradería lejana y casi cierto inaudible para los 22 que tienen la grandísima fortuna de jugar en el campo?

No lo creo.

Estar en contra del matrimonio igualitario; en contra del derecho de cada mujer a decidir, no aceptar que cada quien haga de su vida sexual un papalote sin lastimar los derechos de los demás; no condenar los matrimonios de niñas de 12 ó 13 años con hombres de 30 ; seguir tolerando la mutilación genital femenina en millones de mujeres en África; voltear la cara ante los más de 1200 asesinatos de mujeres en México en lo que va de 2019; permitir que siga existiendo el tráfico y la trata de niñas y mujeres ; cerrar los ojos ante el acoso diario y la violencia machista de nuestra sociedad son agresiones que vulneran, ellas sí, día con día los derechos de millones de personas y  su denuncia en muchos casos es un grito que se queda a medio camino en la garganta.

Gritar eeeeeeeeeeh puto en un estadio está lejos de esto, por más que la moralina de algunos así lo quiera disponer e imponer.

Es un grito entre muchos más que se gritan todos los domingos en decenas de canchas en el país.

Convertirlo en bandera moralizante para intentar educar a todo un pueblo y que deje de lado su esencia machista, intolerante y clasista es un despropósito y apuntar en la dirección equivocada.

Estoy seguro que hay miles de lugares por donde empezar antes que en un estadio de futbol.

Piénsenlo.

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