El genocidio armenio: un siglo de tensión internacional

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Por Israel Navarro

Twitter @navarroisrael

Estados Unidos reconoció formalmente como genocidio la matanza de armenios que se suscitó entre 1915 y 1918, a manos del Imperio Otomano, ahora Turquía. ¿Y por qué tanta alharaca con eso, Israel? Pues, más allá de la deuda histórica de reconocer la masacre de entre 600,000 y un millón y medio de personas, existen tensiones en las relaciones internacionales, un siglo después de esta atrocidad.

Resulta que cuando los turcos otomanos se involucraron en la Primera Guerra Mundial, tenían la preocupación de que los armenios viviendo en su territorio pudieran apoyar a Rusia, que deseaba a toda costa controlar la entonces Constantinopla, ahora Estambul, por el acceso al Mar Negro. Por eso los turcos, deportaron y exterminaron a los armenios.

La postura oficial de Turquía al día de hoy es que sí mataron armenios, pero no lo hicieron de forma sistemática, por lo que no puede ser considerado un genocidio. ¡Ah bueno! También argumentan que eran tiempos de guerra y que también hubo bajas turcas. ¡Orale, pues! Y que la definición de genocidio no aplicaba para la época porque el término fue acuñado hasta la Segunda Guerra Mundial para describir las acciones de los Nazis y por eso no aplica a los armenios. ¡Ah no, pues ya estuvo! La realidad es que Turquía no quiere cargar con ese estigma y tampoco pagar compensaciones a los descendientes de los asesinados.

Pocos países habían declarado esta matanza como un genocidio, no’más por no molestar a los turcos quienes tienen una posición geoestratégica privilegiada. Entre los que sí se fajaron y le pusieron esa etiqueta están Armenia obviamente, El Vaticano, Francia, Alemania, Rusia, Canadá y Argentina; y ahora Estados Unidos oficialmente.

De hecho, Obama se rajó llamando el hecho “una gran calamidad” pero no “genocidio”, y Trump desplomó la lira turca a tuitazos, lo cual seguramente causó molestia al gobierno turco, pero tampoco se atrevió a llamar el hecho como tal, a pesar de que el Congreso estadounidense ya lo había decretado.

Ahora llega Biden, y lo hace, no porque tenga más pantalones que sus antecesores, sino porque su costo político es menor. Vaya, las relaciones Estados Unidos-Turquía están tan deterioradas que el reivindicar históricamente al pueblo armenio con un término jurídico causa un daño marginal; le permite a Don Joe mostrar su compromiso con los derechos humanos y la justicia internacional; y manda un mensaje entre líneas claro: el presidente turco Recep Erdoğan puede hacer el berrinche que quiera.

Por más eufemismos que se le busque a una masacre de este calibre, no se puede tapar el sol con un dedo. Tarde que temprano, la verdad sale a flote, aunque sea un siglo tarde.

Israel Navarro es Estratega Político del Instituto de Artes y Oficios en Comunicación Estratégica.

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