Arantxa y María, dos mujeres asesinadas en playas de Costa Rica.

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Dos mujeres asesinadas en playas de Costa Rica.

Arantxa y María.

Española y mexicana.

Una decidió descubrir inspiración para su música en las playas de Guanacaste. Sola.

La ahogaron después de violentarla.

Otra decidió correr temprano por la mañana y recargarse de energía para volver a tiempo para el desayuno con su marido.

La estrangularon después de abusarla.

Y las voces hipócritas y puritanas, que de una manera u otra propician con su intolerancia estos crímenes limpian su conciencia diciendo que eso pasa por viajar sola. Por estar sola. Por correr sola. Por no tener cuidado. Por ponerse un bikini. Por su culpa.

¿Desde cuándo en Costa Rica un sendero verde y vivo se vuelve un atajo, un lodazal de muerte?

¿Desde cuándo en Costa Rica una ola entrega cadáveres envueltos en espuma en vez de gozo?

Mi compañera de vida ha corrido senderos en la playa, sola, muy de mañana y la paz que encuentra en esa comunión con la naturaleza es una razón de vida, no de muerte.

Mi hija ha estado sola y acompañada en playas y bosques, en volcanes y cascadas sin más preocupación que divertirse y fijarse bien donde pone la mano y pies.

Los hijos de puta que cometieron estos crímenes merecen el peor de los castigos y el repudio absoluto. Total. Contundente. Sin medias tintas ni argucias legaloides.

Perdieron todo derecho cuando irrespetaron y violaron los de otros.

Así de claro.

Y quien alegue nacionalidades y estigmatice la pobreza que mejor se quede callado, los malparidos, los hijos de nadie existen en todas partes y llevan distintos colores, señas y banderas.

Y sí, son producto de un machismo enfermo y caduco que aún se enseña en las casas y las escuelas. Que les autoriza en su retorcida moral a tomar la dignidad de cualquiera y vejarla, ahogarla o estrangularla.

México vio a sus muertas de Juárez. Mujeres de maquila que al regreso de su trabajo eran violentadas a cada vuelta de esquina y nos quedamos callados. Se nos volvió costumbre y así poco a poco, de una en una fuimos perdiendo todos y volteando la cara cada vez para no ver el horror a los ojos.

Bajamos la cabeza.

El Salvador vio a las maras hacer redadas de adolescentes que en el mejor de los casos luego aparecían muertas y violentadas.

Se les volvió costumbre y así poco a poco, de una en una fueron perdiendo todos y se hizo habitual esconder la cara y cerrar los ojos.

Costa Rica, tienes que darte cuenta.

Tienes que protegerte.

Y en nada ayudan jueces blandos o escrupulosos del proceso que no son capaces de darse cuenta del terror que ya asoma las narices.

En nada ayuda encerrarse en cuatro paredes y resignarse diciendo esto no pasaba y seguir distrayendo la mirada.

Un hijo de puta puede matar y violentar y olvidar que tiene madre o hermana o esposa o hijas.

Nuestra indiferencia sepulta todo futuro.

Apenas estás a tiempo.

No quiero volver a pedir, a suplicar, a implorar

ni una más.

Nunca más.

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